La Revista
Opinion
| Albariños excelentes y Albariños falsos |
| Escrito por Jesús Rivasés | |||
| Miércoles, 30 de Diciembre de 2009 13:12 | |||
¡Me encanta el Albariño! Los buenos, claro está, porque bajo ese paraguas hay de todo. Incluso Albariños más falsos que las monedas de un trilero. Una leyenda gallega afirma que fueron los monjes de Cluny quienes llevaron la uva Albariña al monasterio de Armenteira, en la comarca de O Salnés (Pontevedra) en el siglo XII. En Cambados, la capital del Albariño, son más partidarios de la versión de que la uva es una variedad autóctona de Galicia de las más de doscientas catalogadas. Tampoco es decisivo, aunque el origen gallego de la uva parece imponerse sobre las historias espurias crecidas al abrigo del camino de Santiago durante siglos. Lo importante es que el Albariño, ya en pleno siglo XXI, es uno de los vinos blancos mejores del mundo. Sí, así, sin matices, “de los mejores del mundo”. Los Albariños, como casi todos los vinos, se clasifican en excelentes, buenos, regulares, malos y también falsos. Poseen, en general, una ventaja, ya que la proporción de Albariños de calidad sobre los del montón es quizá mucho mayor que en otras variedades. También ofrecen una gama amplia de precios, lo que facilita su consumo, agradable todo el año, pero quizá mucho más apetecible en verano para los no habituales de los blancos. La prueba de su éxito imparable es que bebedores de tinto suelen decir que el único blanco que les interesa es el Albariño. El éxito del Albariño ha sido tan enorme que, aunque la mayoría lo ignora, es uno de los vinos más vendidos del mundo y su producción va mucho más allá de Galicia y llega hasta Oregón en los Estados Unidos o Australia, en donde arrasa. El único problema, como saben muy bien en Cambados y también los responsables de la Xunta de Galicia, es que todo ese Albariño americano y australiano es falso, algo que obviamente perjudica al auténtico. La historia ha dado la vuelta al mundo y ha llegado incluso a las exquisitas páginas del Financial Times, de la mano de la “gurú” Jancis Robinson. La historia es simple o compleja, según del color con el que se la quiera mirar. Desde hace años, en Oregón y Australia granjeros y bodegueros plantaron y vendieron sus propias variedades de Albariños. Nadie había detectado nada, hasta que alguien probó esos vinos y descubrió que debían de proceder de una variedad de uva muy rara o que había truco. En Australia intervino un organismo oficial el CSIRO (Organización Científica de la Commonwealth para la Investigación Industrial). Importó auténticas uvas Albariñas de España y también de la francesa Savarign y concluyó, tras contrastas el ADN de las uvas, que el Albariño australiano no es, ni mucho menos Albariño, sino vino blanco procedente de uvas Savaring Blanc o de la Traminer, una variedad no aromática de la alemana Gewürztraminer, con la que por cierto, en el Somontano, Enate entre otras bodegas, también produce otro magnífico blanco. Sin embargo, cualquier parecido entre lo que se produce y vende en Australia, y también en Oregón, bajo la denominación Albariño es pura coincidencia, mejor dicho, no existe. Nadie cuestiona la calidad de esos vinos, pero no son Albariños y se han hecho un nombre y un mercado bajo la marca Albariño. Australianos y americanos, de momento, tendrán que renunciar al nombre de unos vinos de mucho éxito. La solución al problema es complicada, pero sin duda habrá algún emprendedor que intentará plantar la auténtica uva Albariña y elaborar un vino similar al verdadero Albariño. Habrá que ver el resultado, pero sin duda tendrá éxito, porque el Albariño es uno de los mejores vinos del mundo. El auténtico, claro.
|



¡Me encanta el Albariño! Los buenos, claro está, porque bajo ese paraguas hay de todo. Incluso Albariños más falsos que las monedas de un trilero. Una leyenda gallega afirma que fueron los monjes de Cluny quienes llevaron la uva Albariña al monasterio de Armenteira, en la comarca de O Salnés (Pontevedra) en el siglo XII. 


El inclumpliento de estas normas conllevará la eliminación del comentario.