La Revista
Opinion
| Los tintos del Priorato no saben llegar a viejos |
| Escrito por La Mosca del Vinagre | |||
| Domingo, 27 de Diciembre de 2009 00:00 | |||
Dicen que la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Y debe ser cierto porque con los años se adquiere eso que se llama madurez que no es otra cosa que el conjunto armónico de virtudes que te hace saborear la vida en su máxima extensión y que se manifiesta, sobre todo, en una cierta estabilidad de ánimo, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de juzgar los acontecimientos y los hombres. Aunque debo decir que la madurez no depende sólo de los años que se tengan porque el simple paso de los años no la da. Es más, incluso, hay gente que no quiere curarse e intenta seguir siendo joven toda la vida. No quieren envejecer aunque para ello tengan que hacer pactos con el mismo diablo. En los vinos pasa lo mismo. Su juventud se cura con los años. Y la armonía que produce un buen vino maduro puede llegar a maravillosa. Lo que pasa es que no todos los vinos quieren llegar a esa madurez. Y, para ello, son capaces de hacer pactos con quien sea. Incluso con uvas-diablo para mantenerse siempre jóvenes. Y así les va. Y hablo, en concreto, de los Prioratos. En los inicios de los años noventa, los llamados “nuevos Prioratos” irrumpieron con fuerza en el mercado nacional. Pronto se hicieron con un importante espacio en los mercados mas exigentes de Europa y EE.UU. compitiendo, además, en precios con los grandes de Borgoña y Burdeaux. Se dijo entonces que el secreto del éxito fulgurante de estos vinos se basó en la mezcla de unir tradición y modernidad. Los Prioratos son vinos corpóreos, fragantes y de importante extracción frutal. Son, incluso, complejos cuando proceden de los “coster”, laderas con pronunciada inclinación con suelos de “licorellas” (pizarras) muy pobres en materia orgánica donde están plantadas las viñas viejas de Cariñena y Garnacha tradicionales de esta zona. En cambio, en las terrazas y tierras bajas, cercanas al río, están ocupadas prácticamente en su totalidad por otras tres variedades de reciente incorporación: la Cabernet, la Syrah, y la Merlot. Y estas uvas eran las que le aportaban modernidad a los Prioratos. Reconociendo la calidad de los Prioratos, que algunos pueden llegar a ser excepcionales, la experiencia de estos años transcurridos, desde que en los noventa aparecieran los “nuevos Prioratos”, nos dice que muchos de ellos envejecen mal o muy mal. Todo indica que los bodegueros han sacrificado la vejez en aras de la modernidad en la búsqueda de que sean eternamente jóvenes. Y es que ese mal envejecimiento, posiblemente, se deba a la importante carencia de acidez que aportan las nuevas variedades introducidas en la zona y que se emplean en exceso. Posiblemente, se deba a esos pactos con las uvas-diablos extranjeras. Los antiguos del lugar, que sabían lo que plantaban y por qué lo hacían, daban mucha importancia a la uva Cariñena procedente de los “licorellas” para elaborar sus vinos. Sabían, a base de experiencia, que esta variedad, entre otras cosas, aportaría la acidez necesaria para la longevidad y equilibrio de sus vinos. La Cariñena hacía que los “nuevos Prioratos” pudiesen envejecer y llegar a la madurez con dignidad, que no es otra cosa que ese conjunto armónico de muchas virtudes que hace que se pueda saborear un vino en su máxima extensión. En definitiva, que no estaría mal que los vinos Prioratos diesen un pequeño giro hacia lo tradicional para evitar, a buen seguro, ese problema de falta de acidez, que está haciendo que envejezcan mal. Algo impropio de los grandes vinos.
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Dicen que la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Y debe ser cierto porque con los años se adquiere eso que se llama madurez que no es otra cosa que el conjunto armónico de virtudes que te hace saborear la vida en su máxima extensión y que se manifiesta, sobre todo, en una cierta estabilidad de ánimo, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de juzgar los acontecimientos y los hombres. 


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