Por Alberto Matos
Mientras que una parte de la población española descansaba y desconectaba de sus obligaciones diarias durante el mes vacacional por excelencia, los profesionales del vino organizaban todo para el comienzo de una vendimia que, un año más, volvía a adelantarse en casi todas las regiones productoras.
Este agosto no ha sido muy diferente a los últimos, también ha sido estresante. A los habituales imprevistos en viñedo y bodega, que obligan a actuar de manera rápida para no comprometer la calidad y expresión de los futuros vinos, se han ido sumando otros adicionales. Tantos que, en no pocas ocasiones, hacen preguntarse si realmente vale la pena tanto esfuerzo.
Tras una primavera de lluvias, que pulverizaba todos los registros, y un verano más caluroso que de costumbre, algunas enfermedades fúngicas como el mildiu y la botritis no tardaban en aparecer, comprometiendo en muchos casos tanto la calidad como los rendimientos.
Por si fuera poco, también como consecuencia del clima, una oleada de incendios asolaba nuestro país, calcinando una superficie similar a la de la provincia de Álava. Esto es, más de 336.000 hectáreas de masa forestal, núcleos urbanos y explotaciones agropecuarias arrasadas por las llamas. También devastaban viñedos históricos de la DO Monterrei, en la provincia de Ourense, mientras que en la comarca leonesa de Valderrey-Jamuz algunos se quemaban y otros actuaban de cortafuegos, entregando su vida al calor abrasador del fuego cercano.
La puntilla la ponía Donald Trump cuando, después de meses de amenazas erráticas, imponía finalmente un arancel del 15% a los vinos europeos. El último capricho del presidente norteamericano añadía un nuevo quebradero de cabeza a las bodegas, que se han visto obligadas a replantear sus precios y a buscar nuevos mercados.
Tampoco ayudan las cifras mundiales de consumo, que se sitúan en niveles de 1961, según la OIV. Una caída libre que afecta precisamente a grandes mercados internacionales como Estados Unidos, que el año pasado reducía su consumo un 5,8%, Francia (-3,6%), Alemania (-3%) y Reino Unido (-1%). En países como España, Rusia o Portugal, el consumo se incrementaba ligeramente, aunque de manera mucho más tímida.
Pero no es todo negativo. Aunque se consume menos y, por tanto, se vende menos, lo cierto es que el valor del vino, en este caso español, ha repuntado en los últimos tiempos, especialmente el de los espumosos de calidad. Este dato debería dar pistas de los nuevos derroteros de unos mercados con gustos efímeros que apenas dan tregua para adaptarse a las nuevas demandas.


