Por Alberto Matos
En apenas dos décadas, el auge económico y la expansión de la clase urbana china han convertido al país en destino prioritario para las bodegas internacionales, incluidas las españolas. Sin embargo, los últimos datos de la OIVE reflejan un giro preocupante: mientras las importaciones chinas repuntan, España pierde terreno frente a competidores como Australia, Francia o Nueva Zelanda. Con una caída del 32% en volumen y del 21% en valor en 2024, el vino español se ve relegado a un papel secundario, obligado a redefinir su estrategia si quiere recuperar protagonismo en uno de los mercados más dinámicos y estratégicos del sector.
Aunque pueda parecer un cultivo reciente, lo cierto es que China -o al menos parte del territorio que hoy ocupa- lleva más de tres mil años elaborando vino. Eso sí, el resultado no era en un principio lo que hoy entendemos por vino propiamente dicho, ni su producción fue siempre continuada.
Los orígenes de la vinicultura china se remontan concretamente a tiempos de la dinastía Shang (1600–1046 a. C.), cuando se acuñaba el término “jiu” para denominar los vinos elaborados principalmente con arroz y mijo que deleitaban a las clases aristocráticas durante las ceremonias religiosas y las festividades.
Con el paso de los siglos, y a medida que diferentes dinastías se sucedían e incluso coexistían en una China fragmentada políticamente en diversos territorios, la producción vinícola se fue perfeccionando hasta convertirse en una próspera actividad comercial, en especial bajo el control de la dinastía Han (206 a. C.–220 d. C.).
Fue precisamente en ese momento de la historia cuando los emisarios imperiales que recorrían la Ruta de la Seda trajeron consigo la vid desde Asia Central. Y con ella, también llegaron nuevas técnicas de producción que supusieron toda una revolución para aquella incipiente industria.
Con la dinastía Cao Wei (220–265 d. C.), la viticultura se extendió hasta la ciudad de Luoyang, donde el vino dejó de ser un producto exclusivo y comenzó a popularizarse. Tanto fue así que, en Chang’an, la capital imperial, abundaban los comercios de vino y era habitual encontrarse con las damas de Hu sirviendo esta bebida en los mercados. Durante el tiempo en que las dinastías Liao (907–1125 d. C.), Song (960–1279 d. C.), Xia Occidental (1038– 1227 d. C.) y Jin (1115–1234 d. C.) coexistieron, la región de Ningxia acabó consolidándose como centro político y económico de toda la zona, y la viticultura volvió a vivir un importante impulso.
El punto culminante llegaría con la dinastía Yuan (1271–1368 d. C.), cuando los emperadores apostaron por el cultivo de la vid en todos sus dominios, así como por el consumo de vino, construyendo incluso bodegas reales.
Sin embargo, esta etapa de esplendor no duró siempre. Los conflictos bélicos y la inestabilidad política acabaron prácticamente con la industria, sobre todo a lo largo de la dinastía Qing (1644–1912 d. C.).
Hoy, China trabaja por rescatar y revitalizar este legado milenario, devolviéndole su lugar en la historia y en el presente de la cultura del vino.
La viticultura china en el siglo XXI
Para descubrir el germen de la viticultura china moderna es necesario retrotraerse hasta las últimas décadas del siglo XX y, especialmente, a las primeras del siglo XXI, momento en el que, impulsado por la apertura económica del país, el interés del gobierno por diversificar su producción agrícola y la creciente demanda interna, China experimentó un rápido y ambicioso proceso de modernización y transformación. En la actualidad, China no es solo un importante consumidor mundial
de vino, sino también es un productor emergente que apuesta por la calidad y la diversidad.
Regiones como la mencionada Ningxia y otras como Shandong, Xinjiang, Yunnan, Shanxi o Hebei han ido ganando protagonismo en los últimos años gracias a una combinación de elementos que conjuga inversiones públicas y privadas, colaboraciones con expertos internacionales, tecnología de vanguardia y la búsqueda
de una identidad propia.
Los frutos de tales esfuerzos no se han hecho esperar y hoy, proyectos como Ao Yun (respaldado por LVMH) compiten con los grandes vinos internacionales. Por su parte, Ningxia ha puesto ya la primera piedra de una denominación de origen que ampare su calidad y métodos de elaboración.
A estos logros se suman otros que se traducen en una creciente comunidad de sumilleres, una amplia oferta enoturística y una concienzuda formación académica.
Retos y oportunidades
Aunque el crecimiento del sector vinícola en China es innegable, el país aún se enfrenta a importantes desafíos estructurales. El consumo de vino, por ejemplo, se mantiene concentrado en gran medida en las grandes ciudades, mientras que en otras zonas del país apenas se ha consolidado como hábito. A ello se suma la ausencia de una tradición cultural comparable a la del té o el licor de arroz, bebidas profundamente arraigadas.
Las condiciones climáticas suponen otro obstáculo relevante; en muchas regiones vitivinícolas, el clima puede ser extremo e impredecible, con inviernos severos o lluvias intensas que dificultan la estabilidad de la producción. Además, aunque se aprecian cambios positivos, también se detecta una falta generalizada de profesionales especializados —como sumilleres, críticos o técnicos enológicos— que puedan contribuir al desarrollo del sector con criterios de calidad y continuidad.
Pese a todo, el futuro se presenta prometedor. Las oportunidades son numerosas y significativas, gracias especialmente a la expansión de la clase media, cada día más interesada en el vino no solo como bebida, sino como experiencia cultural y símbolo de sofisticación. Este cambio de mentalidad ha coincidido con un fuerte respaldo institucional, tanto a nivel regional como nacional.
Por otro lado, China cuenta con extensos territorios aún inexplorados con potencial para la viticultura, y existe un creciente interés internacional por invertir y colaborar, especialmente desde países como Francia, España, Australia o Chile, que ven en el mercado chino una puerta estratégica.
En definitiva, China ya no es solo una promesa exótica en el mundo del vino; es una realidad que no se conforma con integrarse, sino que aspira a liderar el sector desde su propia perspectiva, adaptando el savoir faire occidental a su geografía, su cultura y su visión a largo plazo.

Regiones productoras de China

Es una región vinícola importante en el noreste de China que presenta un clima continental con veranos cálidos e inviernos fríos. Allí se cultivan variedades internacionales como Cabernet Sauvignon, Merlot, Chardonnay y Marselan, y se ubican grandes bodegas como China Great Wall Wine Company. El desarrollo de Hebei se enfoca en la modernización, la mejora de la calidad y la promoción del vino.
Región vitivinícola destacada de China, ubicada entre el río Amarillo y el desierto de Gobi. Con más de 18.000 hectáreas de viñedo y 81 bodegas, produce variedades tintas como Cabernet Sauvignon y Merlot, y blancas como Chardonnay y Riesling, con vinos de marcada mineralidad. Pionera en un sistema oficial de clasificación y reconocida por la Organización Internacional de la Viña y el Vino, Ningxia apuesta por la innovación, el enoturismo y busca consolidarse como la capital mundial del vino dentro del proyecto de la Franja y la Ruta.
Es la principal región vitivinícola de China, responsable de aproximadamente el 40 % de la producción nacional. En sus zonas de Yantai y Penglai, el clima es templado, similar al de Burdeos pero con mayor humedad, lo que favorece el cultivo de variedades internacionales como Cabernet Sauvignon y Merlot. Allí se encuentran grandes bodegas como Changyu, que cuentan con inversiones extranjeras y apuestan por la sostenibilidad y la mejora continua de la calidad.
Es una región montañosa del norte de China con viñedos en altitud. Cuenta con un clima continental caracterizado por inviernos fríos y veranos húmedos, y suelos bien drenados que resultan ideales para las uvas tintas y blancas. Entre las variedades destacadas se encuentran Cabernet Sauvignon, Merlot y Chardonnay. En esta región sobresale Grace Vineyard, una bodega pionera reconocida a nivel nacional e internacional.
Es una región de gran altitud cercana al Himalaya donde se encuentra el proyecto exclusivo Ao Yun, impulsado por LVMH, situado entre 2.100 y 2.600 metros sobre el nivel del mar. Su enfoque artesanal se basa en vendimias manuales y microvinificaciones, trabajando variedades como Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Petit Verdot y Syrah. Los vinos de Yunnan son elogiados por su complejidad, mineralidad y capacidad de guarda, y Ao Yun simboliza el salto de China hacia la viticultura de élite mundial.
Es una región del oeste de China con tradición vitivinícola que se remonta al siglo IV a.C. Destaca la zona de Turfan, reconocida por su historia en la producción de vino. Su clima árido y la altitud proporcionan condiciones óptimas para el cultivo de uvas, con baja incidencia de enfermedades. Los vinos producidos son potentes y concentrados, con una fuerte influencia solar. Aunque su presencia internacional es limitada, Xinjiang juega un papel clave en la exportación a través de la Ruta de la Seda.
Además de las grandes áreas mencionadas, otras zonas de China están desarrollando proyectos vitivinícolas con fuerte énfasis en la identidad local y la innovación. En Shaanxi, por ejemplo, se encuentran bodegas como Grace Vineyard, que buscan recuperar variedades autóctonas tradicionales. Hebei, cercana a Pekín, está viendo el crecimiento de modernos châteaux dirigidos a consumidores urbanos exigentes.
Ningxia, estandarte vinícola chino
Ubicada entre el desierto de Gobi y las montañas Helan, al noroeste de China, la región de Ningxia se extendía, hace apenas diez años, sobre una tierra yerma y reseca, donde solo algunas plantas y árboles de pequeño tamaño conseguían sobrevivir.
Hoy es un edén, y todo gracias a un proyecto de reforestación conocido como la “Gran Muralla Verde” que, iniciado en 1978, ha conseguido incrementar la superficie forestal del 1,4% al 15,5%. Aun así, las cepas se enfrentan a unas condiciones extremas, que las elevan por encima de los 1.000 metros sobre el nivel del mar y las someten a más de 3.000 horas de sol al año y a una enorme amplitud térmica entre el día y la noche.
Allí, los suelos son calizos, arenosos y bien drenados, y las cepas calman su sed con las aguas que proporciona el río Amarillo. Las montañas los protegen de las tormentas, aunque no de los gélidos inviernos, que obligan a los viticultores a recurrir a prácticas como el enterrado de las cepas o el uso de cubiertas térmicas.
Bajo esas condiciones extremas, las uvas extranjeras han conseguido no solo subsistir, sino dar el do de pecho. Procedentes de la provincia de Shandong, las primeras vides foráneas llegaron a la zona en los años ochenta del pasado siglo, mientras que las últimas se han traído directamente desde Francia en la última década.
Unas condiciones extremas
Ubicada entre el desierto de Gobi y las montañas Helan, al noroeste de China, la región de Ningxia se extendía, hace apenas diez años, sobre una tierra yerma y reseca, donde solo algunas plantas y árboles de pequeño tamaño conseguían sobrevivir.
Hoy es un edén, y todo gracias a un proyecto de reforestación conocido como la “Gran Muralla Verde” que, iniciado en 1978, ha conseguido incrementar la superficie forestal del 1,4% al 15,5%. Aun así, las cepas se enfrentan a unas condiciones extremas, que las elevan por encima de los 1.000 metros sobre el nivel del mar y las someten a más de 3.000 horas de sol al año y a una enorme amplitud térmica entre el día y la noche.
Allí, los suelos son calizos, arenosos y bien drenados, y las cepas calman su sed con las aguas que proporciona el río Amarillo. Las montañas los protegen de las tormentas, aunque no de los gélidos inviernos, que obligan a los viticultores a recurrir a prácticas como el enterrado de las cepas o el uso de cubiertas térmicas.
Bajo esas condiciones extremas, las uvas extranjeras han conseguido no solo subsistir, sino dar el do de pecho. Procedentes de la provincia de Shandong, las primeras vides foráneas llegaron a la zona en los años ochenta del pasado siglo, mientras que las últimas se han traído directamente desde Francia en la última década.
Tras años de experimentación, la marselan se ha consolidado como la variedad tinta más prometedora, gracias a su excelente adaptación y a su perfil aromático expresivo, con taninos finos y buena capacidad de guarda. Y eso que la cabernet sauvignon, que representa más del 70% del viñedo de variedades tintas, es muy apreciada por su estructura, complejidad y potencial de envejecimiento. Otras variedades como la merlot, syrah y pinot noir también demuestran buenos resultados, especialmente en ensamblajes que aportan equilibrio y elegancia.
En cuanto a las variedades blancas, la chardonnay es la más extendida, apreciada por sus aromas tropicales y frescura. La riesling, aunque menos común, ofrece vinos minerales y florales, mientras que la petit mansegn se destina a vinos dulces Premium.
Capital mundial del vino
La región china de Ningxia y, más concretamente, su capital Yinchuan, volvía una vez más a poner de manifiesto su apuesta decidida por el vino con la celebración de la quinta edición de la China (Ningxia) International Wine Culture and Tourism Expo. Organizada por el Ministerio de Agricultura y Asuntos Rurales de China, el Consejo Chino para la Promoción del Comercio Internacional y el Gobierno Popular de Ningxia, esta cita bienal reúne a productores, expertos, autoridades y medios de comunicación de todo el mundo. Y como muestra, un botón: en esta edición, más de 1.100 invitados internacionales participaron en exposiciones, catas, foros culturales, actividades de cooperación y concursos de innovación.
Como parte de su ambicioso programa, la Expo acogió la 32ª edición del Concours Mondial de Bruxelles (CMB), uno de los certámenes de vinos más prestigiosos del mundo. Es la segunda vez que el CMB se celebra en China —tras Beijing en 2018—, y su integración en la feria ha sido interpretada como un reconocimiento al crecimiento y calidad del vino chino. Según Baudouin Havaux, presidente del concurso, “este evento marca el inicio de una nueva era para la visibilidad internacional del vino de Ningxia y del país”.
En el marco de este gran encuentro mundial, el CMB 2025 reunió a 375 catadores de 56 nacionalidades, que evaluaron a ciegas más de 7.165 vinos tintos y blancos procedentes de 49 países. El jurado —del que Vivir el Vino formó parte— concedió 16 Grandes Medallas de Oro, 145 de Oro y 200 de Plata a los vinos españoles. Un total de 361 medallas que situaron a nuestro país en lo más alto del podio.
España también se alzó con el Trofeo Revelación Internacional al Mejor Vino Tinto, concedido a Les Sorts Vinyes Velles 2020, un vino de la DO Montsant elaborado por Celler Masroig, calificado por el jurado como “elegante, fresco, con notas de tabaco, chocolate, humo y hierbas aromáticas, sostenido por una acidez vibrante
y un final de gran calidad”. Su enólogo, Alain Gómez, subrayó que este monovarietal de cariñena, nacido de un viñedo viejo de apenas 2,3 ha, es fruto de una viticultura “heroica, minuciosa y resiliente”.
El vino español en China
Durante las dos últimas décadas, China se ha situado en el punto de mira de la industria del vino internacional. Su crecimiento económico, el desarrollo de una clase media urbana y un incipiente interés por los productos occidentales ha abierto todo un mundo de posibilidades entre los principales países productores. España supo aprovechar este contexto, e incluso llegó a posicionarse como uno de los principales proveedores de vino a China.
Sin embargo, los últimos datos difundidos por la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE), correspondientes a 2024, dibujan una actualidad muy diferente. A pesar de que el país asiático ha vuelto a aumentar sus importaciones de vino —tras varios años de caídas—, España no solo no ha participado de este repunte, sino que ha perdido cuota de mercado de manera significativa. Las exportaciones españolas descendieron de forma marcada tanto en valor como en volumen, y han sido superadas por competidores tradicionales y por otros que han sabido reposicionarse con mayor rapidez y eficacia.
La recuperación del mercado del vino llegó acompañada de un cambio de liderazgo. Australia, ausente prácticamente desde 2020 por los aranceles del 200% impuestos por China, ha regresado con fuerza tras la retirada de estas barreras comerciales. En apenas un año, pasó de exportar 1,6 M de litros a 78,6 M, y de facturar 24,7 M de yuanes (3,21 M de euros) a 4.239,9 M de yuanes (551 millones de euros).
Este retorno implacable ha reconfigurado por completo el mapa de proveedores y ha desplazado a actores clave como Francia, Italia y, especialmente, España, que ha visto cómo su posición relativa se erosionaba en todos los frentes.
Un retroceso sostenido para el vino español
En 2024, China importó alrededor de 14 millones de litros de vino español, lo que representa una caída del 32,7% respecto al año anterior. En valor, la disminución fue también importante, con un descenso del 21,8%, hasta situarse en 371 M de yuanes (más de 6 M de euros). Estos datos colocan a España como el sexto proveedor en valor y el quinto en volumen, muy lejos de los niveles alcanzados en años anteriores. Frente a este declive, países como Nueva Zelanda y Alemania han conseguido mantener -e incluso aumentar- sus posiciones, gracias a estrategias más focalizadas y a una mayor capacidad de adaptación comercial.
Los descensos más marcados se produjeron en las categorías de vino envasado —la más relevante del mercado chino— y de vino a granel. En la primera, España perdió 42 M de yuanes (casi 5,5 M de euros) y 3 millones de litros, mientras que en la segunda sufrió un desplome del 92% en valor y del 82% en volumen, un retroceso que la relega a un papel casi residual en ese segmento.
Espumosos y bag in box: tímidos focos de resistencia
No obstante, el panorama no es completamente negativo. Existen algunos nichos en los que España ha logrado mantenerse competitiva o incluso crecer. En el caso del vino espumoso, se mantuvo como el tercer proveedor en valor, con un ligero crecimiento del 6%,que se tradujo en 22 M de yuanes (8 M de euros), y solo una mínima caída en volumen (-0,4%). Este segmento, aunque dominado por Francia e Italia, sigue ofreciendo oportunidades gracias a su proyección entre consumidores jóvenes y urbanos.
También se registró un avance significativo en el formato bag-in-box, un segmento aún minoritario pero en crecimiento. España incrementó sus exportaciones en este formato un 64,6% en volumen y un 7,5% en valor, ocupando la cuarta y sexta posición respectivamente.
Este resultado muestra que existen oportunidades en categorías menos tradicionales si se acompañan de innovación, valor añadido y adecuación al canal.
Estrategias más definidas para el futuro
La escasa participación de España en la recuperación del mercado chino revela una desconexión entre su oferta vinícola y las nuevas demandas de un consumidor cada vez más sofisticado, informado y exigente. Mientras que otros países han invertido con claridad en posicionamiento, marca y alianzas locales, la presencia española parece haberse diluido, en parte por la falta de una estrategia coordinada y sostenida.
Con apenas un 0,9% del valor y un 0,8% del volumen total del vino importado por China, el papel de España resulta hoy marginal en comparación con su potencial vitivinícola global. El desafío de los próximos años pasará por reorientar su enfoque, apostando por vinos de mayor valor añadido, una identidad reconocible, y una estrategia comercial firme que conecte con el nuevo perfil del consumidor chino. De lo contrario, nuestro país corre el riesgo de quedarse fuera de uno de los mercados más dinámicos y estratégicos del mundo.



