Opinión

Publicado el 16/12/2019 Categorías : Opinión , REVISTA
De lo Natural y lo Atlántico...

Por Manuel Herrera
Propietario de Finca Herrera Vinos y Viña Española Consultoría

- “Y..., ¿este vino tiene química?”, me preguntaron.

-“A mí me gustan los vinos ecológicos. No recuerdo las marcas ahora, pero son los que se hacen así, como naturales; no les echan polvos y no te producen dolor de cabeza”. 

Descubrí la palabra mágica: “naturales”..., vaya lío. Soy un férreo defensor de la mínima intervención en los vinos, del sulfuroso -que se lleva usando toda la vida- en su justa medida, y de las que se dicen “buenas prácticas enológicas”. 

Pero si somos conscientes, entre muchos otros alimentos y bebidas, los pescados congelados, la carne picada, los helados, las galletas, los zumos, las mermeladas, el ketchup que comemos en casa..., llevan más sulfuroso -en proporción- que muchos vinos.

Parece que esta sustancia en el vino es maligna para algunos, aunque el azufre ya lo utilizasen los egipcios. Desde el E-220 hasta el E-228, sin dejarnos ningún número, son los conservantes que “contienen sulfitos “, como pone en el vino. O sea, que si te pasas una noche un pelín con el vino y te vas alegre a la cama, a la mañana siguiente le echas la culpa al sulfuroso del vino. Incluso si te has tomado zumo de brick y galletitas con mermelada para curarte el dolorcillo de cabeza. En fin.

Volviendo al principio. Vinos ecológicos, orgánicos, naturales, biodinámicos... y hasta aptos para veganos. Nos cuesta tomar un chato de vino y nos  complicamos una barbaridad.

Me gusta cuidar la tierra y me gusta respetar al máximo la viña, por lo cual estoy muy de acuerdo con las prácticas biodinámicas de sentido común, sin llegar a extremos. Creo que la tierra te devuelve lo que le das, pero no se puede decir que solo se siente el “terroir” en un vino si no estás en este círculo.

La biodinámica es una práctica, pero no hay vinos certificados como biodinámicos ni mucho menos como naturales; tampoco parece que interese a quienes presumen de producirlos. 

Sí como ecológicos, pero no el vino en sí, sino el viñedo del que proceden -con prácticas biodinámicas o no, y si hay certificado como viñedo ecológico con bastante burocracia y papeleos-.

El vino se elabora después bajo los parámetros comunes que marca la ley, como cualquier otro que no sea “ecológico”. Es respetable, sin llegar a extremos, unirse a esa corriente o moda y he probado vinos “naturales” muy dignos. Siempre hay mucho cariño y trabajo detrás de cada vino, pero siento decir que en muchos de ellos se nota la falta de higiene y el olor a establo y a charca. Son olores muy naturales que me gustan en el campo, pero no en un vino.

Cuanto más turbios mejor. ¿Es más bonito lo turbio para algunos que lo brillante y cristalino? ¿Lo apagado que lo vivo ? ¿Colores anaranjados, extrañas maceraciones y hasta vinos que pican? ¡Abracadabra!

Como en todas partes, hay fanáticos en este campo. Frikis y nuevos consumidores que empiezan por ese camino. Debe parecerles indigno tomarse un Tondonia, por ejemplo, con toda su historia que tiene detrás y caminan entre vinos turbios y desagradables como si estuvieran en el País de las Maravillas de Alicia. 

Se abstraen de lo humano y se acercan a la divinidad con estos vinos, despreciando, por supuesto, cualquiera que no sea “natural”. Pues a mí natural, lo que es natural, me gustan los yogures. Como me he enrollado mucho, tengo que dejar lo Atlántico para la próxima. Ser Mediterráneo ahora como canta Serrat no
está de moda. Hay que tener “influencia Atlántica” y si no eres un poco extremo y original con los vinos y no hablas de elaboraciones raras bajo velo, y esas cosas tan peligrosas, o no eres natural o Atlántico, no estás en la onda, chico. No eres nadie.

Voy a tomarme un Valdepeñas con un poquito de jamón “natural” que me mareo…, y abríguense, que afortunadamente hace bastante frío.

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