Por Alberto Matos
En los Arribes del Duero, Bodegas de Pereña ha logrado que la Bruñal, casi desaparecida, recupere su protagonismo y que la Juan García siga siendo la columna vertebral de la viticultura local. Desde 1998, la bodega trabaja con estas variedades autóctonas para elaborar vinos que hablan del paisaje, la historia y la autenticidad de la región. Su labor no solo conserva cepas centenarias, sino que también impulsa nuevas plantaciones, asegurando la continuidad de estas uvas para futuras generaciones. Cada botella refleja un equilibrio entre tradición y modernidad, mostrando la personalidad única de los Arribes. Y, sobre todo, confirma que preservar la identidad de un territorio puede convertirse en un proyecto apasionante y sostenible.
El vino tiene la capacidad de contar historias que ningún archivo custodia. En la frontera natural que dibuja el Duero entre España y Portugal, allí donde el río rasga la roca dejando cicatrices en forma de cañones, terrazas y vertiginosos desniveles, la historia no se escribe, se bebe. En ese paisaje imponente del Parque Natural de los Arribes del Duero se levanta Bodegas de Pereña, uno de los proyectos más decisivos para la conservación de las variedades autóctonas de la zona.
Fundada en 1998, cuando hablar de la uva bruñal sonaba a arqueología vinícola y la Juan García apenas mantenía presencia estable, la bodega apostó sin reservas por lo que otros consideraban una causa perdida. “Nuestras variedades principales son la Juan García y la Bruñal”, explican desde la bodega, como quien resume años de esfuerzo y dedicación en una frase sencilla. Fue una apuesta que no seguía tendencias, sino escuchar lo que decía la tierra cuando nadie parecía dispuesto a hacerlo.
Mientras la viticultura nacional miraba hacia variedades de proyección internacional, Pereña decidió mirar hacia adentro. Fue entonces cuando su papel cobró sentido real. “No hicimos un estudio para localizar las variedades, pues ya estaban allí. Lo que hicimos fue mantener la fe en ellas cuando prácticamente nadie quería seguir elaborándolas”, relatan. La Juan García sobrevivía con relativa estabilidad, pero la Bruñal caminaba hacia la extinción, desplazada por su escaso rendimiento y su complejidad de cultivo pese a ser —lo dicen con respeto— “una joya enológica”.
Ese amor sin condiciones ha permitido que hoy la Bruñal vuelva a pronunciarse en voz alta. “El papel fue sencillo y difícil al mismo tiempo”, dicen recordando aquellos años en que defender esa uva era nadar a contracorriente. Y esa obstinación es el cimiento sobre el que construyen ahora su identidad.
La bodega trabaja 15 hectáreas de viñedo, muchas plantadas hace cerca de un siglo con el antiguo sistema de gavias, profundos huecos cubiertos de paja y estiércol que preservan la humedad y alimentan la tierra en una región extrema. La filosofía es clara. No hay correcciones posteriores en acidez ni en pH. Si la uva llega equilibrada del campo, el vino solo tiene que ser honesto. Fermentación con levaduras propias, microvinificaciones en inoxidable, intervención mínima. Lo justo para que el vino hable, no para que diga lo que se quiere oír.
Un legado que mira al futuro
Preservar una uva es salvar una cultura. Y esa es ladimensión real del proyecto. Los Arribes hoy puedenhablar de Bruñal y Juan García en presente, no enpasado, porque hubo una bodega que no dejó que elhilo se rompiera. “La Bruñal estuvo cerca de desaparecer, pero seguimos elaborándola y defendiéndola”,cuentan.
Con los años, además de custodiar cepas centenarias, decidieron avanzar. “Solo teníamos viñedo muy viejo, de casi cien años. En los últimos años incorporamos plantas nuevas y el año pasado sacamos un Bruñal Viñas Jóvenes, un vino completamente nuevo”, comentan. “Parte de esa uva proviene de viñedos propios y parte la adquirimos a viticultores de la zona y así también les apoyamos”. Así podemos elaborar un mayor volumen sin renunciar al origen varietal. La recuperación no es solo conservación: es expansión controlada, continuidad hacia mañana.
Bruñal Pereña 2015
Se abre sin prisa, profundo y terroso. Confituras de fruto negro, hojarasca, monte bajo, cacao amargo y tabaco fino. En boca es amplio, denso, de acidez precisa y tanino redondo, con un final medio que se vuelve pensamiento. Un vino que pide silencio porque cuenta lo que estuvo a punto de no volver a contarse.

Gran Abadengo 2018 (DO Arribes)
Madurez equilibrada, trazo rústico honesto, fruta negra licorosa, especias vivas, hojas secas. Boca cálida, profunda, con casis, romero, mentolado y hierbas aromáticas. Acidez firme, tanino con nervio, final persistente. No imita: se afirma.



