Foto: © Rolf Cosar
“El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” veía la luz en 1605 y aunque es cierto que la trama es, a grandes rasgos, conocida por todo el mundo, también lo es que esconde infinidad de detalles que suelen pasar desapercibidos para el lector medio.
Uno de ellos es el papel que desempeña el vino, mencionado hasta en cuarenta ocasiones, dependiendo de la edición. En cualquiera de los casos, el vino no solo se revela como un elemento indispensable de la dieta de la época, sino como un vehículo que explora la naturaleza humana a través de diferentes escenarios. Así sucede, por ejemplo, cuando, siendo objeto de burla en la fiesta de unos duques, se le ofrece a nuestro protagonista un vino exquisito fuera de su alcance.
O cuando su escudero Sancho, tras ser nombrado gobernador de la ínsula ficticia de Barataria, decide relajarse de sus preocupaciones disfrutando de un trago de vino. O cuando el protagonista se topa con unos prisioneros que, al ser liberados por él, le ofrecen vino como muestra de agradecimiento y amistad. Un papel que, de alguna manera, el vino sigue hoy desempeñando.

