"Las cosas que nacen con verdad, con esfuerzo, con amigos y con vino, tienen algo de eterno"
"Hay decisiones que no se toman: se descorchan. Y hay proyectos que nacen no en un garaje, sino en una sobremesa larga, entre amigos, mientras alguien acaricia una copa y otro se atreve a soñar en voz alta. Este artículo está dedicado a todos los que alguna vez emprendieron algo sin más escudo que la ilusión, el instinto y un puñado de buenos cómplices.
Corría el año 2000. Yo trabajaba en el mundo de la publicidad y la radio en Madrid, aunque había regresado a mi tierra, Navalmoral de la Mata, para sacar adelante un periódico local y una pequeña revista. Alternaba los días de edición en Extremadura con mis escapadas a Madrid, donde mantenía una agencia de publicidad y el contacto con mis buenos amigos del mundo de la comunicación. Uno de nuestros rituales favoritos era juntarnos a comer en un restaurante de la calle Ferraz, en su bodega subterránea. Allí, bajo tierra y rodeados de botellas, empezó todo.
Fue allí donde conocimos unos años antes a Mateo Gelado, un apasionado del vino que nos fue contagiando su entusiasmo y su conocimiento. Yo apenas sabía lo que era una añada o un coupage, pero de pronto empezaron a sonar palabras como terruño, taninos, crianza, fermentación maloláctica, variedades, barricas, enólogos, acidez, retrogusto, las lágrimas del vino… Y, lo más importante, aprendí a saber qué vino me gustaba y por qué. Cada comida se convertía en una tertulia líquida, un pequeño curso de cata con risas y promesas.
Y entonces, un día cualquiera, sucedió. Estábamos ante una botella de Terreus, cuando les propuse “oye, ¿y si hacemos una revista de vinos?” Lo dije medio en broma, como se dicen las cosas que en el fondo ya sabes que vas a hacer. Y así empezó todo. El salto no era pequeño: venía de hacer prensa local, pero aquello era otra liga. Una revista nacional, especializada, con ambición y voz propia.
Después vino la parte más difícil: construir el proyecto. Buscar a los mejores.
Llamamos a otro buen amigo, Jesús Flores —no fue fácil convencerle—, y para sellarlo nos fuimos todos juntos en un viaje a Roma. Estábamos en marcha y faltaba ponerle nombre al proyecto.
Recuerdo que alguien, durante esos días de risas y buenas comidas, dijo: “Vamos a vivir una historia apasionante en el mundo del vino”. Y ahí estaba: Vivir el Vino. El nombre era una declaración de intenciones.
Después llegaron los diseñadores, colaboradores, fotógrafos, la imprenta, el contenido, la publicidad, la distribución… Se trabajaba sin horario, a veces sin red, pero con una fe inquebrantable. Los fines de semana eran de redacción, de pruebas, de llamadas y también de sacrificio familiar.
Han pasado 25 años. Vivir el Vino continúa. Yo fui parte de los inicios, y eso nadie lo borra. Porque las cosas que nacen con verdad, con esfuerzo, con amigos y con vino, tienen algo de eterno".


