Por Alberto Matos, director editorial de Vivir el Vino
En un contexto vitivinícola tan complicado como el actual, en el que el consumo mundial de vino se ha desplomado hasta niveles de 1961 (según datos de la OIV) y el discurso en contra del alcohol —incluido el vino— gana cada vez más adeptos entre las instituciones públicas, el sector parece que va a poder encontrar un respiro. O, al menos, cierto alivio.
El Comité Especial de Agricultura —órgano encargado de preparar los temas que se debaten en el Consejo de Ministros de Agricultura de la UE— acaba de dar luz verde al mandato de negociación para un paquete de medidas que nace con el objetivo de impulsar la competitividad y reforzar la resiliencia del sector vitivinícola europeo.
El denominado “Paquete Vino” es, en realidad, un conjunto de iniciativas diseñadas para apuntalar algunos de los puntos débiles de la industria. Entre otras medidas, contempla la autorización para arrancar viñas o cosechar en verde como mecanismos para controlar excedentes; además de una cofinanciación de hasta el 80 % para proyectos sostenibles adaptados al cambio climático, y un mayor impulso a la exportación.
Para ello, se propone simplificar los requisitos de etiquetado nutricional fuera de la UE e introducir pictogramas más claros y accesibles dentro de sus fronteras.
La propuesta también prevé establecer nuevas categorías y definiciones para los vinos bajos en alcohol y potenciar el enoturismo, especialmente en zonas rurales con denominación de origen.
A todo esto se suma la campaña que, en paralelo, está llevando a cabo la Interprofesional del Vino de España, que ha desplegado una lona en una de las fachadas frente al Congreso de los Diputados, reivindicando el papel de la industria vitivinícola española y reclamando mayores apoyos bajo el lema: “En esto sí hay unanimidad. Di Vino.”
Por su parte, la industria, lejos de quedarse de brazos cruzados, lleva tiempo innovando para adaptarse a la situación. De hecho, si hubiera permanecido quieta, confiando su destino a las decisiones políticas, probablemente ya se habría extinguido.
Los productores de vino, sin prisa pero sin pausa, están logrando amoldarse a las nuevas tendencias internacionales, que demandan vinos más ligeros y frescos, especialmente blancos y rosados. Una corriente a la que se suma el auge de los espumosos.
Lo hacen, incluso, apostando por vinos bajos en alcohol o sin alcohol que, aunque todavía no del todo logrados, ofrecen una respuesta a las nuevas generaciones, más interesadas en estilos de vida saludables o dispuestas a pagar más por vinos que consumen de forma ocasional.
Sea cual sea la fórmula, lo cierto es que el futuro del sector pasa por cuidar aspectos como la salud, la sostenibilidad, la innovación y el packaging, así como por promover experiencias inclusivas y sociales.


