Momentos inolvidables: la música y el vino. La magia de una banda sonora y la grandeza de un buen vino comparten la habilidad de evocar recuerdos y emociones con tan solo un sorbo o una nota.
Fue hace unas semanas; mi mujer me invitó a un maravilloso concierto de una orquesta sinfónica de jóvenes europeos que interpretaban grandes bandas sonoras. Pueden imaginarse: “Lo que el viento se llevó”, “Memorias de África”, “Carros de fuego”... Y desde los primeros acordes, no dejé de pensar en que la música y el vino comparten el poder de transportarnos a momentos concretos, con recuerdos precisos que nos despiertan emociones conocidas a estos estímulos.
La memoria del vino funciona como el DeLorian de “Regreso al futuro”. Descorchar un vino conocido es volver a un momento. A un recuerdo. A una vivencia, al aroma de una cocina, al tacto de una caricia, al sonido de un beso y al sabor de un vino.
Es increíble cómo, con solo escuchar las primeras notas de “El Padrino”, tus manos notan el tacto de una naranja que desprende el aroma del huerto del protagonista, a la vez que, a ti, te sienta en aquella butaca verde que había en la casa de tus padres y desde la que devorabas las películas de papá en silencio sepulcral para no molestar. Y cada acorde te transporta a ese lugar, a ese momento, a la emoción de las primeras veces, del cine en familia, al frío del suelo en tus pies descalzos. Solo una nota. Y el viaje en el tiempo enciende tus emociones. Es increíble.
Y al igual que el cine y su música, el vino tiene la capacidad de encender también esas emociones con recuerdos que nos transportan. Además, si nos ponemos románticos, podemos decir que el vino tiene otro superpoder para transportar el tiempo, y es que decimos muchas veces que lo encapsula en cada botella. Cada vendimia tiene su vino y ese vino es parte de esa vendimia. De sus uvas y de sus recuerdos, de las anécdotas y de las personas que lo hicieron. Que también envejecerán como él. Pero al descorcharlo, agitará el recuerdo de aquella vendimia. Y eso es magia. Tiempo embotellado.
Y, por otro lado, el superpoder de la memoria del vino. El vino pone en tu salón los campos de la Toscana de aquellas vacaciones italianas, o el sabor del asado argentino con Malbec en aquella aventura de juventud. O los colores de La Rioja en cada escapada otoñal a Logroño. Y no solo despierta recuerdos, porque es capaz de revivir la emoción y despertar los sentidos del momento.
Una copa de vino joven puede recordar tu descubrir en la Laurel de Logroño, a las primeras veces, a los primeros besos.
Un tinto de Ribera te lleva a casa. Al sabor del lechazo asado. A los amigos.
Un albariño vibrante te salpica como el salitre del mar refrescando tu verano en Gali-fornia. El dulzor del Porto te sabe a pastéis de nata a las orillas del Duero con el sol en su ocaso.
Y otros vinos tan solo te llevan de nuevo a ti. A tu emoción, al corazón de tus recuerdos, donde guardamos los momentos que no queremos olvidar. Aquellos que se despiertan con cada nota, con cada sorbo.


