La transformación de una familia
Bodegas Ochoa, fundada en Olite en 1845, lleva casi dos siglos escribiendo su historia. Desde 2015, tras la jubilación de Javier Ochoa y Mariví Alemán, sus hijas Adriana y Beatriz encabezan la sexta generación familiar. A ellas les ha tocado liderar una década de cambios profundos: la conversión a viticultura ecológica y regenerativa, la redefinición de sus vinos y una nueva identidad visual que resume ese camino.
“El ecológico nos ha permitido entender mejor nuestro viñedo y elaborar vinos más coherentes con el lugar en el que estamos”, explica Adriana Ochoa. Hoy, cada vino refleja su origen con más autenticidad. “Nos hemos replanteado todo: la viña, la elaboración y cómo contamos quiénes somos”. El apellido Ochoa es sinónimo de vino navarro, pero mantener viva una marca centenaria requiere adaptarse sin perder esencia. “El apellido era un valor, pero se había diluido entre submarcas”, reconoce Beatriz. Esa reflexión dio inicio a un proceso de más de dos años junto a la agencia riojana Moruba: una “terapia de marca” para mirar atrás, ordenar ideas y recuperar certezas.
El 20 de enero de 2025, en el Palacio Baluarte de Pamplona, culminó esa travesía. Bajo el lema “Ahora. Aquí. Siempre.”, las hermanas presentaron no solo un cambio de imagen, sino la síntesis de una transformación que abarca viñedos, etiquetas y valores. Entre plantas aromáticas y grandes fotografías de Javier Ochoa, más de doscientas personas celebraron una nueva etapa. Once de esas fotografías se han convertido en etiquetas, como la del Moscatel de Vendimia Tardía, donde dos yudokas suspendidos en el aire simbolizan movimiento y equilibrio: metáfora perfecta del cambio constante sin ruptura. “Esa foto representa muy bien nuestra idea de no quedarnos quietas”, dice Beatriz.
Las imágenes de Javier, que antaño aparcó la cámara por la bodega, cierran el círculo: “Nos permite mantener la conexión entre generaciones”, añade Adriana.
Desde 2015, Beatriz y Adriana han liderado una renovación integral: conversión ecológica, vinos más fieles al territorio, comunicación renovada y estructura de marca coherente. “Queríamos que se entendiera que hay mucho detrás: tierra, familia, historia y reflexión”, resume Adriana.
El nuevo diseño, limpio y contemporáneo, refuerza el nombre Ochoa como sello de confianza. “Moruba supo traducir nuestra historia en un lenguaje visual actual”, comenta. Los padres, Javier y Mariví, siguen presentes, ahora como acompañantes. “Al principio les sorprendió, pero cuanto más lo veían, más lo sentían suyo”, dice Beatriz.
Desde Olite al mundo, la bodega reafirma su compromiso con el origen sin dejar de mirar lejos. “Nuestros vinos hablan de dónde venimos, pero también de quiénes somos hoy”, concluye Adriana.
Fieles a su carácter inquieto y familiar, las hermanas Ochoa cierran un ciclo y abren otro. Con arraigo, creatividad y la certeza de que, en el vino como en la vida, todo debe cambiar para que nada cambie.


