Por Alberto Matos, director editorial de Vivir el Vino
El misterio de Elche, el silbo gomero, el flamenco, los castells o la fiesta de los patios de Córdoba son solo algunos de los veintidós bienes intangibles españoles que la Unesco ha ido añadiendo a su lista de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad desde su inauguración en octubre de 2003.
Formar parte de ella no es tarea sencilla, pues las candidaturas deben cumplir con una serie de exigentes requisitos que demuestren el peso y arraigo de las tradiciones o expresiones a inscribir, y además garanticen su perdurabilidad a lo largo de las sucesivas generaciones.
Y eso es precisamente lo que está intentando hacer el Concours Mondial de Bruxelles (CMB) a través de una iniciativa que -impulsada conjuntamente con la región productora de Marsala (Italia) y secundada por Jerez, Samos (Grecia), Madeira y Oporto (Portugal)- persigue proteger el proceso de producción de los vinos fortificados.
Estas cinco regiones, dispersas por el conocido como cinturón solar mediterráneo, comenzarán pronto a promocionar conjuntamente su patrimonio artístico, cultural, económico, enológico, agrícola y gastronómico a fin de de recibir el ansiado reconocimiento.
El expediente de candidatura, que será presentado en los próximos meses, destacará aspectos como la singularidad de los métodos de elaboración, su vínculo con el desarrollo rural sostenido, la fijación de población al territorio local y la capacidad de conectar culturas a través de la gastronomía, la tradición y la historia.
El título no solo posibilitaría el redescubrimiento de estas elaboraciones, especialmente por parte de las generaciones más jóvenes, sino que también potenciaría la actividad enoturística en sus respectivas zonas.
Nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que el consumo de vinos fortificados no pasa precisamente por su mejor momento. Como el de casi ningún otro, por cierto. Las tres principales zonas productoras: Oporto, Jerez y Madeira han visto cómo sus ventas se han ido desplomando un 25%, un 50% y un 17%, respectivamente, a lo largo de los últimos veinte años. Es más, la superficie de viñedo, tan solo en Jerez, se ha reducido un 70% desde la década de 1970.
Sería un error que estos vinos llegaran a desaparecer, de ahí la necesidad de protegerlos. Su posible inclusión en la lista de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad es un primer paso, pero ni mucho menos suficiente. El sector necesita vender y continuar aumentando su valor (+1,8% en los seis primeros meses de 2024), de manera que al menos quede compensada la caída del consumo.
Y en eso trabajan las nuevas generaciones de productores, que apuestan, entre otras cosas, por recurrir a varietales diferentes con los que conseguir nuevos perfiles organolépticos; añadir especias, frutas exóticas y hierbas para lograr nuevos aromas y sabores; renovar el packaging; reducir la presencia de azúcar; practicar una agricultura sostenible; y colaborar con sectores como el de la mixología en la creación de nuevos cócteles.
Solo innovando los fortificados podrán adaptarse a esta nueva era de consumidores. Eso sí, sin olvidar nunca sus raíces.


