Opinión

Reestructuración y viñas viejas

Publicado el 21/11/2022 Categorías : Opinión , REVISTA
Reestructuración y viñas viejas

Por Santiago Jordi .Elaborador y presidente de la Unión Internacional de Enólogos

No ha pasado tanto tiempo desde que toda una generación abandonara la España rural, esa que hoy conocemos como España vaciada, y se desplazara hasta las ciudades buscando un futuro mejor, pues el campo no garantizaba su supervivencia. Aquellos emigrantes se vieron obligados a abandonar la agricultura y la ganadería, porque los vientos de las políticas agrarias no soplaban a favor. Alentados por sus propios padres, las comodidades que una vida urbanita les ofrecía acabaron por convencer a todos ellos. Hasta ese momento, el paisaje de viñedo era muy común en nuestro pueblos.

Algunas zonas emergentes contaban ya con grandes extensiones, mientras que la mayoría estaban dominadas por viñedos de cultivo doméstico. Un cultivo que satisfacía el elevado consumo de aquellos años, que se situaba en torno a los 70 litros por persona y año. Según el Catastro Vitivinícola publicado en 1977, la mayor parte del viñedo viejo actual se plantó entre el final de la filoxera y 1935, y entre 1955 y 1977. Hoy ocupa hasta el 85% de la superficie en regiones como Galicia, Madrid y Canarias. De este modo, hace 50 años, casi todas las zonas productoras de España contaban con viñedos longevos, de los que no forzosamente se obtenían mostos o vinos de calidad, sobre todo si no se sometían a podas racionadas con el fin de eliminar el vigor vegetativo y obtener así unos racimos bien maduros y equilibrados.

En este sentido, tampoco se tenían entonces conocimientos técnicos en la viña y, especialmente, en el viñedo. No sería hasta finales del pasado siglo XX cuando la revolución industrial bodeguera nos permitiera dar el salto cualitativo definitivo para producir los vinos de calidad que actualmente disfrutamos. Antes de eso, en las décadas de los setenta y ochenta, Jerez y Rioja fueron los principales pioneros entre las grandes zonas productoras en la reestructuración del viñedo. Allí se arrancaron cepas viejas y se sustituyeron por otras jóvenes. Y no solo eso, esas nuevas plantaciones no contaban con pasaportes sanitarios que garantizaran que el materias vegetal venía libre de vinos. Además, cada quien esquejaba y plantaba como mejor le parecía o venía, seleccionando varietales y estrategias con el objetivo de poder mecanizar el cultivo. A partir de ese momento, nuestros viñedos dejaron de ser espacios anárquicos, que difícilmente respetaban un marco de plantación ordenado, y se alineaban con los encontrados en Burdeos, donde las calles y las espalderas eran perfectamente simétricas.

Afortunadamente, hoy todo es diferente. Con la llegada del nuevo plan de ayudas europeas para la reestructuración -que estará vigente entre 2024 y 2027, una vez concluido el quinquenio de ayudas del anterior plan, que expira este año-, los técnicos y especialistas, así como el consumidor ya habrán entendido que un viñedo longevo, además de suponer un innegable patrimonio histórico, es la base de un ecosistema equilibrado. También serán conscientes de que este tipo de viñedos son igualmente la base de los vinos de calidad, difícilmente elaborados con viñedos más jóvenes.

Tras todos los años que llevamos sufriendo las diferentes reestructuraciones, debemos tener claro que no podemos arrancar ni una cepa más de viñedo viejo en zonas singulares. Especialmente si lo que estamos buscando es la excepcionalidad y la diferenciación.

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