Por Alberto Saldón, director de Marketing en Bodegas LAN, grupo SOGRAPE España
El diván del verano nos permite hacer, durante las vacaciones, un descanso de nuestro día a día. Viajamos, visitamos a la familia, reencontramos amigos y, por supuesto, nos rebozamos en la arena de las playas en busca de un descanso físico y mental. Pasa rápido, rapidísimo, pero estos momentos pueden ser clave para tomar decisiones que afectan a nuestra vida, tanto a nivel personal como profesional. Elevarse —y no me refiero a levitar sobre la toalla— permite tener una nueva perspectiva y sensibilidad sobre las cuestiones que nos exigen mucho durante el año. Esa visión sosegada, alejada de la frenética actividad y el ruido del día a día, nos debe ayudar a ver y decidir las cosas que realmente son importantes y no solo urgentes.
Este ejercicio es el que he intentado hacer entre vermuts y ratos anodinos de piscina. He pensado en la vida, en su fugacidad, en la familia, en mi comunidad y amigos, y, por si lo dudaban, también en el trabajo y en mí mismo. Esa mirada interior es el engranaje del resto de cuestiones importantes. Cada vez me doy más cuenta; casi es imposible no hacerlo con la cantidad de impactos que tenemos sobre la salud mental y la consciencia individual, entre podcasts y libros de personas vitaminas y hábitos atómicos ; ), que tú tienes que estar bien para que todo lo demás esté bien. Es el verdadero lubricante emocional de nuestro universo vital. No tengo ningún interés en aburrirles con mis pensamientos sobre temas personales, a lo que les adelanto que tampoco he encontrado solución, y dado que tienen entre sus manos una revista de vinos, y que me dedico a ellos, les voy a compartir mis pensamientos más primarios sobre nuestra industria y la descomunal crisis que vive.
Hemos cerrado el P8; agosto se ha esfumado y con él el verano. Los datos no son positivos en ningún plano de la instantánea del vino. Si empezamos por lo primero, la cosecha —que ya estará casi terminando cuando ustedes lean esto— no es buena. El campo ha sufrido muchísimo más de lo esperado; el cambio climático sacude con acontecimientos extraordinarios que azotan todas las regiones vitícolas del mundo. La ruleta gira y siempre hay alguna zona afortunada, pero los datos macro son terribles: una primavera lluviosa seguida por unas extenuantes olas de calor. El mildiu ha sido el protagonista, pero no el único actor: granizos, tormentas, vendavales, calor… más calor. Uno detrás de otro. Poca uva, que sirve para equilibrar la oferta y la demanda, pero que es la ruina para muchos.
El mercado no avanza. No son datos tremendistas, pero el verano, en España —un país que ha recibido hasta agosto, según el INE y Dataestur (SEGITTUR), 55 millones de turistas internacionales y unos 25 millones nacionales— ha bajado sus principales indicadores. El consumo en ocio sigue al alza, el de vino cae. El consumo de vino cae en volumen, aunque crece mínimamente en valor. También el de cerveza. La liga antialcohol, las tendencias de una mayor consciencia sobre el cuidado personal y hábitos más saludables, y este tremendo calor hacen más difícil pedir vino.
Por último, la industria —nosotros mismos— estamos buscando salvavidas con la angustia de quien se ve con el agua al cuello. Y en estos momentos es cuando más necesitamos la serenidad y el enfoque en lo que realmente es importante, como en la vida. Las tendencias y el “ruido” nos llevan a buscar salidas poco naturales para nuestra industria. No dejamos de hablar de vinos sin alcohol o con bajo alcohol, que es cierto que es un nuevo segmento y la demanda es real y creciente, pero absolutamente insuficiente para un país que está siempre en el top 3 de productores de vino mundiales. Quizá, en estos momentos de tanta tensión e incertidumbre, debiéramos volver a los básicos y pensar qué es lo que nos ha traído hasta aquí, qué es lo que el consumidor quiere y ha valorado de nuestro producto, escucharlo, entenderlo, volver a los básicos y trabajar el vino desde la cotidianidad de un producto que es parte de nuestra cultura.


