Hay tierras que guardan la memoria en sus raíces. En muchos pueblos de Rioja, cada cepa centenaria es un testigo silencioso de quienes la plantaron, la podaron y la vendimiaron siguiendo el conocimiento heredado, sin más brújula que la experiencia transmitida de generación en generación. De esa sabiduría nacen los vinos de Viñedos El Pacto. Un proyecto que es mucho más que vino: es un compromiso con la tierra, la diversidad de la viña y la herencia familiar.
En este caso, la herencia es la de dos personas que son el alma y la técnica de la Compañía de Vinos Vintae: Richi Arambarri, CEO y fundador, y Raúl Acha, director técnico y viticultor. Sus raíces se hunden en los suelos arcillo-ferrosos de Badarán y Cárdenas, en pleno Alto Najerilla.
Con Viñedos El Pacto firman su proyecto de madurez: un regreso a los vinos de pueblo, al valor de cada parcela y cada cepa centenaria como guardiana de la identidad.
El Pacto se asienta sobre dos territorios que hablan por sí solos. El Alto Najerilla, tierra natal de las familias Arambarri y Acha, es hoy uno de los rincones más codiciados de Rioja. Un valle alto y fresco donde la garnacha reina en un patrimonio excepcional de viñedo viejo, con cepas que superan el siglo. La otra gran referencia es la Sonsierra, la primera casa de Vintae, auténtica milla de oro del tempranillo, con suelos arcillo-calcáreos y un microclima atlántico que imprime frescura y finura.
“El Pacto es una forma de agradecer a los que conservaron este patrimonio cuando nadie lo valoraba”, resume Richi Arambarri. Cada parcela es un arca de Noé de la biodiversidad. La selección masal —técnica que multiplica las cepas a partir de las mejores plantas del propio viñedo o viñedos cercanos— ha conservado clones únicos y la riqueza genética de la zona. A esa diversidad se suman variedades casi olvidadas y el recuerdo del multicultivo con membrillos, higueras, almendros u olivos. El trabajo sigue siendo ecológico y manual, con podas al ritmo de la luna, cubiertas vegetales y mínima intervención para que la viña hable sin filtros.
Para Raúl Acha, “los vinos tienen esa personalidad porque las viñas son únicas”, y esa unicidad se plasma en una colección que es un viaje al detalle. Los vinos de zona —El Pacto de la Sonsierra, tinto, y El Pacto del Alto Najerilla, blanco—, el vino de pueblo El Pacto de Cárdenas Ojo Gallo, los Viñedos Singulares Valdechuecas, en Cárdenas, y Riojanda, en Navaridas, la rareza de Malacara, una viña completa de Mazuelo en Cárdenas y, en la cima, los vinos de viticultor: Jesús Acha Blanco y Tinto, homenaje al padre de Raúl, elaborados con uva de sus parcelas favoritas. Un tributo en forma de vino a la tierra y a quienes la trabajaron antes, para que su memoria siga viva en cada copa.


