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Historias del vino

Historias del vino

Por Alberto Saldón, director de Lalomba, bodega de Vinos de Finca de Ramón Bilbao

Recojo el guante de Vivir el Vino agradecido y con la ilusión y vocación del periodista que llevo dentro. Recuerdo con nostalgia mi primera clase en la facultad de periodismo de Valladolid, la asignatura del estreno fue “Historia de la comunicación”. En aquella diminuta aula se abrieron para mí unos enormes ventanales al mundo, que despertaron la necesidad de contar historias. Retomo hoy esa primigenia idea de escribir y compartir algunas “historias del vino”.

Sirva este primer encuentro con ustedes, señores lectores, para agradecer y poner en valor el trabajo antropológico y social de una especie casi en extinción, los contadores de historias del vino. Sin duda, los hacedores son protagonistas. También sus vinos. Las regiones, los viñedos, las bodegas, los árboles genealógicos. Hasta las vetustas botellas cubiertas de polvo copan portadas y artículos, pero hoy, en este sencillo tintero vitícola, me gustaría elevar la figura de las personas que cuentan las historias del vino. Personas que escriben de vino, que beben vino y que lo viven.

Los comunicadores del vino, ya sean periodistas formados o simplemente gentes del bebercio y de la buena pluma, llevan años acercando al consumidor la cultura del vino de nuestro país. Unos con “puntos” y otros con toda clase de recursos ortográficos. Algunos, avezados exploradores, otros sesudos catadores, pero todos sedientos comunicadores de la historia vitivinícola de España.

No diré nombres para no olvidar ninguno, pero los pioneros, los que ustedes tienen en la cabeza mientras leen estas líneas, empezaron a escribir cuando en este país se consumía más vino que páginas de opinión. Cuando la cultura del vino estaba siempre encima de la mesa en el almuerzo y no en las redes sociales.

Merece la pena revisar algunas de aquellas añejas publicaciones y ver cómo se descubrían territorios y variedades más allá de las clásicas. Un nuevo mundo de estilos, sabores y culturas que imprimían diversidad en un momento en el que no había winebars, que daban visibilidad a nuevos proyectos y que amplificaban y saciaban la sed de conocimiento de los primeros winelovers. Las primeras revistas de vino traían, además, en muchos casos, los primeros clubes de vino. Un canal de comercialización para las DOs que empezaban a surgir y una oportunidad y un punto de encuentro para productores y consumidores. 

La segunda generación de periodistas del vino irrumpió con la era digital y con ella el desafío de internet, la oportunidad y el reto de la competencia atomizada de contenidos gratuitos. Más cantidad pero no siempre más calidad. Algunos medios de comunicación del vino galoparon bien los primeros años de la era de internet pero otros muchos no supieron adaptarse. Era un nuevo lenguaje, una nueva comunicación y periodistas, editores y la autopista de la información no eran coetáneos. Primer drama y primeras bajas.

Al igual que algunos clones se han sabido adaptar al cambio climático, los plumillas hacen malabares para flexibilizar su oferta de contenidos en las diversas plataformas. Incluso mudan la piel para ser influencers y cronistas a partes iguales en estos tiempos de pandemia que vivimos. Todo esfuerzo es poco para mantener intacta la vocación de compartir la actualidad, la información y la cultura de una industria de la que viven y beben muchas familias en España.

Resumo estas líneas con un honesto agradecimiento a todos los que han dado, dan y darán visibilidad al vino. A los que en el día a día, ya sean redactores o copywriters, se empeñan por que el vino no pierda ni una columna más en la prensa española y que ni una publicación más baje la persiana.

Es cosa de todos. Así que por favor, bajen ustedes al quiosco o completen una suscripción online y descorchen una botella para “Vivir y leer el Vino”.

Así se veía en nuestra revista.

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