¿Por qué el vino a veces provoca ardor?

La cantidad y el contexto pueden ser más determinantes

Una copa de vino puede acompañar perfectamente una comida y, en otra ocasión, terminar provocando sensación de ardor. La explicación no depende únicamente del alcohol ni de la acidez del vino, sino de un conjunto de factores relacionados con la cantidad ingerida, los alimentos que la acompañan, el momento del consumo y la sensibilidad individual. Así lo explica la gastroenteróloga y fundadora de MGA Healthy Digest, la doctora Malena García Arredondo, quien recuerda que el vino es una bebida compleja desde el punto de vista digestivo, ya que contiene alcohol, ácidos orgánicos, compuestos fenólicos y otras sustancias procedentes de la uva y la fermentación.

La especialista considera importante distinguir entre reflujo, ardor y digestión pesada, conceptos que habitualmente se utilizan como sinónimos. El reflujo describe el ascenso del contenido del estómago hacia el esófago, mientras que la pirosis o ardor es la sensación de quemazón que puede producirse como consecuencia de ese fenómeno. La dispepsia, por su parte, suele manifestarse mediante plenitud después de comer, saciedad precoz, distensión, eructos o molestias en la parte superior del abdomen. Identificar qué síntoma aparece resulta fundamental para determinar sus posibles causas y las recomendaciones más adecuadas.

Que el vino sea una bebida ácida tampoco significa que esa sea directamente la causa del ardor. Contiene ácidos orgánicos como tartárico, málico, láctico, succínico, acético y cítrico, algunos de los cuales pueden estimular la secreción gástrica. A ello se suman determinados compuestos fenólicos, entre ellos catequinas y procianidinas, que también han mostrado actividad en modelos experimentales. El alcohol, además, puede favorecer el reflujo. Por ello, dos bebidas con la misma cantidad de alcohol pueden provocar respuestas digestivas diferentes, ya que la matriz del vino incorpora muchos otros componentes.

Tampoco existe un ranking científico que permita determinar qué tipo de vino resulta mejor o peor para el estómago. Tintos, blancos, rosados y espumosos presentan diferencias en alcohol, acidez, polifenoles, azúcares residuales y otros componentes, mientras que la carbonatación de los espumosos puede aumentar la distensión y los eructos en algunas personas. La doctora García Arredondo pone el foco, sobre todo, en el contexto de consumo. Una comida copiosa, varias copas, alimentos muy grasos, café, postre y acostarse poco después pueden acumular factores que favorezcan las molestias. Cantidad, contexto y susceptibilidad individual resultan así más relevantes que buscar un vino supuestamente inocuo.

La especialista también desmonta la idea de que el vino actúe como digestivo y advierte frente a los dos extremos de considerarlo beneficioso por sí mismo o perjudicial en cualquier circunstancia. Aunque algunos componentes del vino, especialmente determinados polifenoles, continúan siendo objeto de investigación por sus posibles efectos sobre la microbiota, esto no convierte al vino en un alimento terapéutico. Para quienes tienen tendencia al reflujo, García Arredondo recomienda prestar atención al volumen de las comidas, beber despacio y evitar acostarse inmediatamente después de cenar. El vino puede formar parte de la gastronomía, pero su tolerancia dependerá de cada persona y el consumo de alcohol no está exento de riesgos.

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