¿Qué hay de nuevo, viejo?

Manuel Herrera: Viña Española, consultor, prescriptor y winemaker

“Hay culturas que entienden que el valor no nace siempre de lo nuevo, sino también de lo heredado…”

En la cultura nipona, cuando una cerámica vieja se rompe en pedazos, se pegan sus fragmentos y se resaltan sus grietas con polvo de oro.

Es el kintsugi o kintsukuroi, el arte japonés de reparar una pieza rota uniendo sus fragmentos con laca mezclada tradicionalmente con oro.

La idea no es esconder la rotura, sino mostrarla y dignificarla. Una historia que ha pasado por fracturas puede quedar marcada, sí, pero también más profunda, más valiosa y más verdadera.

Es un trabajo artesanal y paciente. En España también existió otra forma de entender la rotura algo más tosca. Se “lañaban” platos y lebrillos con grapas, normalmente hechas con palos de paraguas, y se seguían dando uso. Ahora algunos, los menos, buscan y valoran más esas piezas.

¿Está roto, de alguna manera, el mundo del vino? Más que hablar solo de caída de consumo y exceso de oferta, de hablar de graneles y vinos muy mediocres y alarmantemente baratos, quizá habría que hablar de fractura, reparación y nuevo sentido.

El vino vive un momento de rotura. Se rompen hábitos de consumo, se rompe la relación entre agricultor y mercado, se rompe el relevo generacional, se rompe la rentabilidad de muchas bodegas y se rompe también la tradición, la herencia y cierta solemnidad.

Hay discursos agotados, ganando los discursos que demonizan al vino y mucha desconexión con nuevos consumidores, que los hay y tienen ganas, pero no saben ni por dónde se andan y piden etiquetas de moda.

Y, sin embargo, a modo o moda de estribillo, escuchamos hablar de los nuevos Riojas, por poner un ejemplo de una zona, una de las mejores sino la mejor, partida en trocitos. Los nuevos Riberas … ¿Poner el adjetivo “nuevo” delante ya debe percibirse como mejor? ¿Y los viejos?

Muchas veces en España todo se basa en las modas, en lo nuevo, en los nuevos bebedores, la nueva forma de entender el vino, la nueva identidad, la nueva narrativa… como si lo anterior estorbara, pesara o directamente no mereciera defensa. Gran error. Todo lo contrario a otros grandes países del vino.

Viajando encuentras ya más respeto y tradición hasta en zonas del “Nuevo Mundo” que ya no es tan nuevo y además mantiene un discurso bastante más coherente que el de España.

¿Por qué no mejor restaurar? Porque en el vino tampoco se trata de recuperar sin más el viejo modelo, sino de restaurarlo con más verdad, más autenticidad y quizá menos soberbia.

No se trata de disimular la crisis ni de barnizarla con discursos vacíos, sino de reconocer dónde se ha roto y reconstruirse desde ahí.

Saber también que algunas cosas deben salvarse y quizá otras muchas deban desaparecer. También eso es importante en el vino actual.

Hay culturas que entienden que el valor no nace siempre de lo nuevo, sino también de lo heredado, de lo afinado y de lo reparado.

Quizá el vino necesite menos ansiedad de novedad y más respeto por aquello que el tiempo ya había decantado. Tendemos a enterrar demasiado deprisa lo que nos ha traído hasta hoy. No debe construirse el futuro despreciando el pasado de verdad, pero si corrigiendo de raíz los errores del pasado reciente donde todo ha valido.

Quizás al vino español le sobre obsesión por parecer nuevo y le falte talento para poner en valor lo que aún conserva de verdad. Y a nosotros, me incluyo el primero, nos falta mucha cultura de vino y de tradición.

¡Buen Vino, mejor compañía y muy buena nueva primavera a todos!

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