Por Alberto Matos
Algunas bodegas destacan las características únicas del entorno que las rodea, otras vinculan su narración con actividades complementarias y otras tantas se retrotraen a lo más profundo de sus raíces… Y, lo que es más importante, todas ellas logran dejar una impronta emocional en quien escucha sus historias.
Toro Albalá, un vino eléctrico
Los inicios de Toro Albalá se remontan a 1844, cuando la familia desde entonces propietaria decidía construir una pequeña bodega en el pequeño molino de La Noria, erigido a los pies del castillo de Aguilar de la Frontera, para elaborar vino de forma rudimentaria y ofrecerlo en una taberna local, también de su propiedad. Sin embargo, no sería este enclave el que definiera su historia. Tras varias generaciones, la bodega se trasladaba en 1922 a la antigua central eléctrica de la localidad cordobesa. Sus 14.000 m2 de superficie y sus numerosos espacios subterráneos, ideales para la crianza y conservación de los vinos, hacían de ella un lugar ideal para la expansión de un negocio que, adoptando la PX como variedad fetiche, se encaminaba a la elaboración de vinos dulces, finos y amontillados.
Los lugareños pronto empezaron a bromear sobre la “electricidad” que transmitían sus vinos. Una chanza que en el mismo año de su fundación dio pie al nacimiento del fino Eléctrico, hoy certificado por la DO Montilla Moriles y presentado en una original botella con forma de bombilla. Una historia que se enriquece con su espectacular solera fundacional, su singular bodega aérea, su interesante museo del vino y arqueología y su impresionante salón de catas, dotado de una de las bibliotecas más completas de España sobre vino, alcohol y enología. Sin olvidar su bodega de Moriles, donde se ubican las naves de crianza de sus vinos de añadas viejas y vinagres tradicionales.

