Las dos velocidades del vino

Por Alberto Matos, director editorial de Vivir el Vino

El vitivinícola, aunque profundamente arraigado a la tradición, es un sector tremendamente innovador. Tanto es así que puede presumir de abanderar, entre todos los cultivos agrícolas, la transición hacia una sostenibilidad no solo medioambiental, sino también económica, social y cultural.

Y no solo eso. El vino, aparentemente poco permeable a la vanguardia en sus elaboraciones, no ha dejado de evolucionar en los últimos años, tratando de adaptar su perfil sensorial a las nuevas preferencias de los consumidores y, en algunos casos, incluso proponiendo nuevas fórmulas para conseguir matices diferentes que consigan seducir al público.

Un público que en muchas ocasiones es incapaz de percibir todos esos esfuerzos, especialmente porque el principal canal por el que puede llegar a percibirlos, la hostelería, no siempre sabe cómo transmitirlos. O simplemente no le interesa. Y no es que no existan establecimientos hosteleros que cuiden con mimo sus cartas de vino. En realidad, hay muchos pero llama la atención la cantidad de ellos que no lo hacen. Por no decir que son mayoría…

Resulta descorazonador acudir al flamante wine bar de una bodega de la sierra oeste de Madrid y que en todas y cada una de las mesas predominen las jarras de cerveza, o que el camarero presente sus dos únicos vinos como joven y “añejo”, y que el joven sea de la añada 2018 y el “añejo” de 2019.

No menos frustrante es que un bar en el centro de Alicante, supuestamente especializado en vinos, decida no mencionar ninguna de las etiquetas que ofrece bajo el pretexto de que toda esa información ocuparía demasiado espacio sobre el papel. En su lugar, considera que es mucho más adecuado presentar sus vinos con nombres tan difusos como “Verdejo 100%”, “Ribera del Duero Tempranillo 100%”, “Maceración carbónica” o “Utiel de Requena 100% Bobal”. Y estos, no son ni mucho menos casos aislados.

¿Para cuándo una ley que obligue a bares y restaurantes a informar al consumidor sobre el producto que están tomando? Es un derecho básico que las administraciones no garantizan, ni si quiera cuando tratan de regularlo.

Si no, tan solo hay que echar un vistazo a la cantidad de aceiteras rellenables que podemos encontrar sobre las mesas de infinidad de cafeterías a la hora del desayuno. Y eso que una ley de 2014 prohíbe expresamente este tipo de recipientes.

Desde 2022, otra ley obliga a los camareros a ofrecer agua del grifo, para que sea el consumidor quien decida si en realidad la quiere embotellada. Hasta ahora, ninguno me ha preguntado.

Y es una pena porque el incumplimiento sistemático de la normativa no solo perjudica al consumidor, sino también a aquellos establecimientos que sí que la aplican.

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