Por Santi Jordi, Elaborador y presidente de la Unión Internacional de Enólogos
La actualidad internacional está marcada por una sucesión de situaciones críticas que, sumadas a la apuesta decidida por un estilo de vida saludable por parte de las generaciones de la era digital, está provocando una caída libre en el consumo de vino. Tanto es así que lo más realista sería aceptar que ya no se van a recuperar los niveles registrados hace tan solo unos años.
Por un lado, la crisis geopolítica que define al mundo estos días está resintiendo irremediablemente al bolsillo de muchos consumidores de vino en muchos países, que pierden poder adquisitivo mientras todo se encarece, entre otras cosas, debido a las subidas constantes de los precios de las materias primas. Eso por no hablar de los intereses políticos y financieros. De esta manera, el vino pasa de ser un alimento casi imprescindible en la dieta de nuestros abuelos a ser hoy totalmente prescindible, hasta el punto de parecer en muchos casos un artículo de lujo.
Por otro lado, creo totalmente necesaria una reflexión sobre los márgenes de beneficios que maneja la hostelería. Este es un tema que podría dar mucho de qué hablar, aunque no es mi objetivo abrir un debate sobre los porcentajes que le quedan a las bodegas, verdaderas artífices del producto junto con los castigados viticultores.
Solo diré que entre un 30 y un 35% del precio final se corresponde con los costes del distribuidor, por lo que, realmente, es el hostelero quien se lleva el pedazo más grande de la tarta. Y no me refiero a los que también tienen unos costes de almacenamiento en frío, un servicio profesional, una cristalería… En este caso, el margen está más que justificado. Me refiero más bien a esos establecimientos de copeo o chateo en barra, donde los beneficios pueden alcanzar el 300% con vinos que a ellos no les han costado más de cinco euros. Un margen que se va reduciendo cuanto más caros son pero que, aun así, puede llegar al 100%.
No sorprende entonces que cada vez en más países, entre los que también se incluye tímidamente el nuestro, muchos restaurantes permitan a los comensales llevar su propio vino, a los que solo les facturan por el servicio de descorche, gestión de temperatura y copas. Así se consigue abaratar la cuenta y que el consumo de vino no se resienta, pues de no ser posible esta opción, la gente suele decantarse por copas sueltas o por otra bebida.
Como ya mencionaba al principio, a esto se suma el hecho de que cada vez más gente joven está demostrando un rechazo frontal hacia el vino y otros tipos de alcohol mientras adopta un modo de vida saludable. Y lo peor en este caso no es la propaganda que determinados influencers, sin base científica, cultural e histórica puedan hacer en sus redes. Lo peor es que médicos y científicos están denostando esta bebida milenaria del Mediterráneo, donde sus antiguas civilizaciones la consumieron casi por necesidad y las de hoy lo hacen siendo las más longevas del mundo.
Nos ha tocado vivir una época de cambios radicales, que no sabemos adónde nos llevarán. No creo que las nuevas generaciones sean conscientes de la importancia histórica del vino, sobre todo por los engaños a los que se exponen en los medios digitales. Yo, mientras escribo esto, me cargo de resveratrol con una copa de vino tinto, deseando que la situación revierta mientras yo me vierto una segunda copa de polifenoles antioxidantes. Solo dos, por eso de la moderación…


