Por Santi Jordi, Elaborador y presidente de la Unión Internacional de Enólogos
“El vino siempre ha sido memoria, pero también futuro”
Los premios del vino, cuando se conceden con criterio y honestidad, no hablan solo de botellas, sino de trayectorias, de territorios y de decisiones tomadas a contracorriente. En un sector donde no siempre es fácil distinguir entre ruido y contenido, el reconocimiento adquiere valor cuando nace de publicaciones serias, con una mirada amplia y continuada sobre la realidad del vino. Por eso que iniciativas como las que impulsa Vivir el Vino desde hace años cumplen una función fundamental, que no es otra que acercar el vino al consumidor sin simplificarlo ni vaciarlo de significado.
Recibir en este contexto el reconocimiento al vino revelación o a la mejor vinificación supone para mí algo más que un premio puntual. Lo interpreto como un gesto hacia una forma de entender el vino, construida con paciencia, desde abajo, y siempre con respeto absoluto por el origen. Nada de esto sería posible sin el trabajo diario de un equipo comprometido, sin la ilusión compartida y sin la convicción de que los proyectos con alma necesitan tiempo.
La colección de Añadas de Patrick Murphy nace precisamente con la idea de recuperar los vinos de pasto tal y como fueron durante siglos. Vinos de pago, de viñas muy concretas y selectas, elaborados a partir de parcelas singulares por su longevidad y por ser autóctonas y oriundas. Cada vino procede de una única bota centenaria que contuvo Jerez. No hay ensamblajes correctores ni series largas. De cada viña salen apenas 1.500 o 1.600 kilos, lo justo para llenar una bota que expresa, sin maquillaje, el carácter del lugar.
A cada una de esas botas le otorgo un nombre, casi como si fuera un don. En este caso, el vino premiado lleva un nombre muy especial, el de mi hija Cayetana. Es un homenaje íntimo, personal, que conecta el vino con la vida, con la herencia y con la continuidad. Porque el vino, cuando se hace de verdad, también habla de eso, de lo que dejamos y de lo que viene detrás. La semejanza de este vino con el carácter de mi hija me hizo ver claro que esta bota premiada tenía que llevar el nombre de ella.
Me emociona especialmente que este reconocimiento conviva, dentro de los mismos premios, con el otorgado a un gran vino generoso clásico de Jerez. Es una prueba evidente de que la historia y la actualidad no se excluyen. Los vinos de Jerez, los de ayer, los de hoy y los que están por venir, pueden y deben convivir.
Los vinos de pasto no vienen a sustituir nada, sino a recordar que durante trescientos o cuatrocientos años fueron parte esencial de la identidad del Marco y que ahora vuelven.
Como colaborador habitual de Vivir el Vino, recibir este premio en casa tiene además un valor emocional añadido. Me siento agradecido y profundamente orgulloso de formar parte de una publicación y de una familia que cree en el vino como cultura, no solo como producto.
Vivimos tiempos complejos para el consumo, especialmente entre las nuevas generaciones. Pero estoy convencido de que los proyectos que miran al pasado con respeto y lo traducen al presente con honestidad seguirán teniendo sentido. El vino siempre ha sido memoria, pero también futuro. Y mientras sepamos contar ambas cosas, habrá motivos para brindar.


