Arrancar no es la solución

Por Santiago Jordi, elaborador y presidente de la Unión Internacional de Enólogos

“Se plantea subvencionar el arranque de hasta el 25% del viñedo en España”

Hay algo que chirría -y bastante- cuando uno lee que en España se está planteando subvencionar el arranque de una parte importante del viñedo. Se habla de cifras que pueden llegar hasta el 25%. Y claro, más allá del dato, lo que te queda es la sensación de que algo no estamos haciendo bien.

Porque estamos hablando de uno de los cultivos más antiguos que tenemos, de un paisaje que forma parte de nuestra historia, y de repente la solución es arrancarlo… y además pagar por hacerlo.

El argumento, en el fondo, es fácil de entender. Hay exceso de producción, el consumo cae -más de un 40% desde los años 80-, los depósitos están llenos y los precios, sobre todo en origen, no sostienen a nadie. Todo eso es verdad.

Y también es verdad que hay viñedo que hoy no tiene salida. Explotaciones que no son viables, viticultores que no pueden seguir y que necesitan una salida digna. En ese sentido, ayudar a quien quiera parar o reconvertirse puede tener sentido.

Pero el problema no es ese. El problema es que incluso para terminar hay que depender de una ayuda. Y ahí es donde está el fondo de la cuestión.

Llevamos décadas -prácticamente desde que entramos en la Comunidad Económica Europea- en un modelo donde el sector agrario, y el vino en particular, vive condicionado por las ayudas. No digo que no hayan sido necesarias, ni mucho menos. Han sostenido muchas zonas rurales. Pero también han generado una dependencia que hoy pesa demasiado.

Porque la realidad es que, en muchos casos, producir vino no es rentable por sí mismo. Y eso es muy serio.

Los precios en origen están completamente devaluados. El viticultor cobra poco o nada, mientras en la cadena hay otros que sí consiguen margen. Y cuando el sistema se rompe, la solución vuelve a ser la misma: intervenir, compensar, ajustar.

Mientras tanto, el consumo sigue cayendo. Y aquí también hay responsabilidad compartida. El vino ha perdido sitio, sobre todo entre los jóvenes. No hemos sabido adaptarnos, ni comunicar bien qué es el vino hoy.

Pero también es verdad que el discurso se ha ido al otro extremo. Se mete todo en el mismo saco. Se penaliza el consumo de vino como si fuera igual que cualquier otro producto, y no se habla de consumo responsable ni de cultura. Y, sin embargo, convivimos con niveles de consumo de azúcar y ultraprocesados que están ahí, sin el mismo señalamiento.

Al final, todo suma. Y todo nos lleva a este punto. A que ahora la solución sea arrancar viñas.

Y lo curioso es que, a pesar de todo esto, no todo está mal. Hay otra realidad dentro del vino que funciona. Proyectos pequeños, bien pensados, con identidad, que no dependen del volumen. Viñedos que sí tienen sentido, vinos que encuentran su sitio sin necesidad de empujar el mercado.

Esos no van a desaparecer. Siempre va a haber gente que busque algo con valor, con origen, con coherencia. Pero no son la mayoría.

Y mientras sigamos centrados en producir cantidad sin preguntarnos para qué, el problema va a seguir ahí. Por eso, más que hablar de cuánto viñedo hay que arrancar, igual habría que empezar a hablar de qué viñedo merece la pena mantener. Porque cada cepa que se arranca no es solo producción que desaparece. Es paisaje, es cultura, es historia.

Y eso no se subvenciona para recuperarlo.

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