Alberto Saldón: Director de Marketing en Bodegas LAN, grupo SOGRAPE España
“Beber vino en verano debería parecerse más a cómo somos que a lo que nos dijeron que debía ser”
El verano lo cambia todo. Cambia la luz, los horarios, las conversaciones… y también —aunque a veces nos empeñemos en lo contrario— la forma en la que bebemos vino.
Durante años, hemos escuchado reglas no escritas. Demasiadas normas para algo que, en esencia, debería ser sencillo: beber vino como vivimos. Es el momento idóneo para recordar que el vino no es una fórmula rígida, sino un placer vivo. Debe adaptarse a nuestra forma de vida, a nuestros días de descanso y a nuestra cotidianidad. Bebe como vives, sin más complicaciones.
Porque sí, un tinto también es para el verano. Pero probablemente no cualquiera, ni de cualquier manera. Un vino más ligero, más fresco, servido unos grados por debajo de lo habitual, puede ser tan placentero como una copa de blanco frente al mar. La clave no está en cambiar de color, sino en adaptar la experiencia.
Y ahí aparece la primera verdad incómoda para los puristas: la temperatura importa más que el tipo de vino.
En verano bebemos peor no por lo que elegimos, sino por cómo lo servimos. Blancos demasiado fríos que pierden expresión, tintos demasiado cálidos que resultan pesados. Encontrar ese punto justo —ese equilibrio entre frescura y sabor— transforma completamente la experiencia.
Pero más allá de la técnica, está la actitud.
El vino en verano no necesita ceremonia. Necesita contexto. Una comida larga sin prisa, una terraza improvisada, una conversación que se alarga más de la cuenta. El mejor mari
daje, muchas veces, no está en el plato, sino en el momento.
Y por eso también conviene desmontar otro mito: no hay una única forma correcta de
beber vino.
¿Con hielo? Si te gusta, adelante. ¿En una copa menos perfecta? No pasa nada. ¿Un rosado a media tarde o un blanco con hielo en un vaso ancho? Bienvenido. El verano es, precisamente, el territorio donde el vino se acerca más a la vida cotidiana y se aleja de la solemnidad.
Beber vino en verano debería parecerse más a cómo somos que a lo que nos dijeron que debía ser.
Eso no significa renunciar a la calidad, sino entenderla de otra forma. Calidad también es elegir un vino que apetezca en ese momento concreto, que encaje con el calor, con la compañía, con el ritmo del día. No el mejor vino, sino el más adecuado.
El verano no exige perfección. Exige disfrute.
Quizá por eso, cuando bajamos la guardia, es cuando el vino vuelve a su origen: un acompañante natural, no una prueba que haya que superar. Una excusa para compartir, no un ejercicio de conocimiento.
Y ahí es donde todo encaja.
Menos reglas, más intuición. Menos discurso, más experiencia. Menos obligación, más placer.
Al final, beber vino en verano es algo bastante sencillo: elegir bien, servir mejor… y, sobre todo, disfrutar sin pensar demasiado.
Porque si el vino tiene algo de verdad, es esta: sabe mejor cuando lo bebemos como vivimos.




