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Vinos insólitos

Por Jesús Rivasés, columnista, tertuliano y escritor

“Hay ‘vinos insólitos’ que quizá nadie imaginaría que existen”

Hay vinos buenos y malos, caros, baratos y a precio ajustado. También hay vinos excepcionales, que pueden serlo, pero no son siempre, ni mucho menos, los más caros. Es posible encontrar vinos excelentes por un precio razonable y también toparse con otros no tan magníficos por cantidades astronómicas. Además de todos esos, y de otros muchos, hay “vinos insólitos” que quizá nadie imaginaría que existen, pero están ahí, al margen de la calidad y del precio, que de todo hay también entre ellos. Pierrick Bourgault, según su propia reseña biográfica, estudió antropología e ingeniería agrícola, aunque no habla de ningún título, salvo premios como el de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el primer premio del Gourmand World Cookbook Awards de Francia y el Gran Prix du Livre Spirits. Ha recorrido el mundo para conocer vinos y viticultores y ha escrito un libro interesante, divertido y sorprendente titulado “Atlas de los vinos insólitos”, publicado por la Editorial Jonglez y disponible en castellano. Bourgault presenta 40 vinos “insólitos” diferentes, que van desde los “vinos de hielo en Quebec” hasta unos más que inesperados “vinos de Bali”. El autor no explica los detalles de la selección, en la que destacan por número los franceses y los italianos. Por España pasa de puntillas y solo cita, en unas pocas líneas, los “Vinos de Lanzarote”. Apunta que “El museo de la Cultura del Vino de El Grifo” explica la historia de este vino, que, por la lejanía de las Canarias del continente europeo, se salvó de la filoxera y cuyos viñedos de La Geria, al sur de Arrecife, mantienen sus uvas ancestrales. Quizá un recorrido más detenido por la península le descubriría otros vinos insólitos.
La selección del autor, no obstante, es interesante, sobre todo por novedosa, no tanto por la calidad de los caldos. Además, avanza alguna teoría también insólita, como que el éxito del champagne se debe a los ingleses. Bourgault defiende que cuando Dom Perignon tropezó con el champagne y los viticultores empezaron a elaborar ese tipo de vinos, el gas que forma las burbujas, que se crea con la adición de azúcar, rompía las botellas porque el vidrio utilizado en Francia era endeble. Por esa época, los ingleses empezaron a fabricar botellas con un vidrio más grueso que no se rompía mientras fermentaba el champagne. Los viticultores de la Champagne no dudaron en utilizar esas botellas que, claro, eran más caras y, por lo tanto, su vino final también.
El viñedo más antiguo del mundo, según el autor, está en Renania-Palatinado, donde se han cultivado vides desde la época romana. El lugar exacto es la villa de Ludwigshöhe, donde estaría documentado que hay 250 cepas de Gewurztraminer y de Sylvaner —que dan vino blanco más o menos dulce— plantadas antes de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), en un viñedo llamado Rhodter Rosengarten, donde también hay algunas viñas tintas, pero que no se vinifican.
El vino naranja, con toda su aspereza, no podía faltar entre los “insólitos”, aunque en el Atlas solo se cita el de Eslovenia y no uno que también se produce en Italia. También hay “vino amarillo” de la zona francesa del Jura. El vino más fuerte del mundo, que alcanza una graduación de hasta 19,5 grados de alcohol, se puede encontrar en Acquaviva delle Fonti, cerca de Bari, en el sur de Italia. Hay vinos “bajo el agua”, por ejemplo en Eslovenia, en Saint-Malo o en San Juan de Luz. Son experimentos en los que el champagne evoluciona hacia un color más oscuro, más amarillo, y tiene una efervescencia menos viva, lo que confirmaría la teoría de que bajo el agua la evolución del vino se acelera. Los “vinos en ánforas” de Georgia son otros de los que entran en el capítulo de “insólitos”, como los que se elaboran de forma clandestina en Irak, los del desierto de Gobi en China, las dobles vendimias en Taiwán o los más que inesperados vinos de Bali. A principios de los años 90 del siglo pasado, el heredero de una familia de productores de alcohol de arroz se asoció con el enólogo francés Vincent Desplat y empezaron a elaborar vino —un rosado— con uvas tintas locales de la cepa Alphonse Lavallée. La primera cosecha llegó al mercado interno en 1994 y ahora la producción alcanza los 1,5 millones de litros. Un vino, según dicen, marida bien con la cocina picante y de mar de la isla. Insólito.

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