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El precio de adaptarse al clima

Por Alberto Matos

El cambio climático ha dejado de ser una amenaza futura para convertirse en una factura que ya empieza a pagar el viñedo. Vendimias cada vez más tempranas, episodios de calor extremo, sequías, pérdida de rendimiento y una creciente necesidad de gestionar el agua forman parte de una realidad que ya no admite demasiadas discusiones. La pregunta empieza a ser otra: ¿Quién va a pagar el precio de adaptarse?

Porque adaptarse cuesta dinero. Cuesta cambiar sistemas de conducción, buscar variedades mejor preparadas, seleccionar nuevos portainjertos, proteger los suelos, mejorar la eficiencia del agua, incorporar tecnología o modificar los calendarios de trabajo. También cuesta asumir una menor producción cuando las condiciones climáticas obligan a la planta a defenderse antes que a producir. Y, en algunos casos, puede significar algo mucho más radical, como arrancar viñedos o buscar nuevas zonas donde plantar.

El problema es que esta transformación llega en un momento especialmente delicado para el sector. El consumo mundial de vino continúa descendiendo y muchos mercados acumulan excedentes. Europa estudia y financia arranques, algunos países recurren a la destilación de crisis y las grandes compañías reducen producción para intentar ajustar una oferta que ya no encuentra la misma demanda. Al vino se le pide invertir más justo cuando tiene más dificultades para ingresar más.

El agua resume perfectamente esta contradicción. En determinadas zonas será necesario recurrir al riego para mantener la viabilidad del viñedo, pero el agua es un recurso cada vez más limitado y sometido a una competencia creciente. No pue de considerarse una solución automática ni gratuita. Habrá que decidir dónde tiene sentido utilizarla, con qué eficiencia y, sobre todo, quién debe asumir su coste.

Porque detrás de cada decisión sobre el agua hay también una decisión económica y territorial.

Y aquí aparece una cuestión que quizá no estamos planteando suficientemente. No todos los viticultores tienen la misma capacidad para adaptarse. Una gran empresa puede invertir en investigación, sensores, estaciones meteorológicas, nuevas plantaciones o sistemas de riego de precisión. Para una pequeña explotación con márgenes ajustados, algunas de esas decisiones pueden resultar sencillamente inasumibles. El cambio climático puede terminar modificando no solo cómo cultivamos la vid, sino también quién puede seguir cultivándola.

Durante años hemos hablado de sostenibilidad como una obligación ambiental. Ahora tendremos que hablar también de sostenibilidad económica. No tiene mucho sentido pedir al viticultor que produzca de una manera cada vez más respetuosa con el medio ambiente, más tecnificada y más costosa mientras seguimos esperando que venda su uva o su vino a precios que apenas permiten sobrevivir. La adaptación también tiene que ser rentable.

El vino siempre ha sabido adaptarse. Ha cambiado de variedades, de técnicas y de mercados. Lo que diferencia esta vez el desafío es la velocidad. El clima está cambiando más deprisa de lo que muchas generaciones de viticultores estaban acostumbradas a experimentar. Y quizá el verdadero reto ya no sea simplemente adaptar la vid al nuevo clima, sino conseguir que la economía del vino sea capaz de pagar esa adaptación sin expulsar al viticultor del viñedo.

Porque esa será, probablemente, la factura más difícil de asumir.

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