Por Jesús Rivasés, columnista, tertuliano y escritor
Charles Dickens (1812-1870) pensaba que “la vida es una gran papilla moral: sofismas aderezados con Chardonnay”. La uva Chardonnay es considerada por muchos la reina de las uvas blancas. Su origen es confuso, pero todo indica que surgió en Borgoña y que ya la utilizaban los campesinos en la Edad Media, y que pudo ser el resultado de un cruce entre cepas de Pinot Noir y Gouais Blanc, una uva mucho menos conocida. Ahora hay vinos elaborados con Chardonnay en casi todas partes: por supuesto en Borgoña, pero también en California, España, Nueva Zelanda, Sudáfrica y, en la práctica, en casi cualquier lugar en el que haya viñas.
El éxito del Chardonnay es indudable, quizá también porque, según los expertos, sería el vino que más ha cambiado en este siglo. Jancis Robinson, crítica de vinos del Financial Times, acaba de escribir que “el Chardonnay que aparecía con tanta frecuencia en el diario de Bridget Jones era potente, audaz y reconfortante. Ya no lo sería”. Añade que los borgoñas blancos son los ejemplos más clásicos —y más caros— de Chardonnay. Cita al Meursault, uno de los más famosos y conocidos borgoñas blancos. “El estereotipo de Meursault —apunta Robinson— de los años noventa del siglo XX se describía como ‘mantecoso’. Hoy desafío a cualquier catador a encontrar ese toque mantecoso en los Meursault más admirados, como Coche-Dury, Roulot y Arnaud Ente”. Los expertos indican que lo mismo ha ocurrido con casi todos los Chardonnay desde principios de siglo, que han pasado de recordar al roble a ser calificados como vinos con carácter “mineral”, “acerado”, “vivaz”, “de hueso fino” y un sinnúmero más de apelativos.
Jancis Robinson es master of wine, algo así como un doctorado en vinos, un título que se concede desde los años cincuenta del siglo pasado. En la actualidad, hay unos 450, de 20 países diferentes. Sus conocimientos y habilidades olorosas y gustativas hacen que aprecien los vinos de una manera muy diferente a la del resto de los mortales. Por eso, los matices que descubren en los vinos, como la evolución del Chardonnay, no son tan fáciles de percibir. Los aficionados pueden distinguir dos tipos distintos de Chardonnay y decir cuál les gusta más. El siguiente paso, detallar las características de las diferencias, es algo reservado a muy pocos. Es una cuestión de educación olorosa y gustativa. Hay que tener cualidades, como para los deportes, pero el estudio y el entrenamiento son decisivos.
Las gotas de Dios es una miniserie de televisión de ocho capítulos, que en España se puede ver en Apple TV+ o en FilmAffinity, que introduce y explica, con una intriga clásica en la que no falta nada —amor, conflictos paterno-filiales, búsqueda de identidad, etc.—, cómo se pueden adquirir los conocimientos y las habilidades para ser un experto catador de vinos.
Todo comenzó con un manga —cómic— japonés, salido de la imaginación y el trabajo de los hermanos nipones Tadashi Agi y Shu Okimoto. El primer cómic se publicó en 2005, seguido por una colección de 44 libros, traducidos a varios idiomas, que vendió 300 millones de ejemplares en países del sudeste asiático.
El origen está en una visita de ambos hermanos a la bodega Romanée-Conti, donde probaron vinos espectaculares, también de precio. Luego decidieron escribir una historia con el vino como protagonista. La serie, una adaptación del original, está concentrada en ocho capítulos. Es una historia cerrada, de la que no esperan ni se necesitan secuelas. La trama es simple y al mismo tiempo algo enrevesada. Uno de los gurús del vino más importantes del mundo fallece y deja dos herederos, que deben disputarse un legado de 150 millones de dólares. Todo será para uno de los dos, pero deben superar una serie de pruebas de cata. Los candidatos son la hija del gurú y su mejor discípulo. No más detalles para no reventar la serie.
Solo uno: capítulo a capítulo se muestra el fascinante trayecto del aprendizaje del vino, a apreciarlo y distinguirlo. Hay que tener cualidades, pero el estudio y el entrenamiento son decisivos y, por supuesto, la pasión por el vino. Quizá de esa manera se puede, de verdad, distinguir si los Chardonnay han cambiado tanto en los últimos años, con y sin sofismas dickensianos.


