Con tu primer pedido desde 50 €: Guía Vivir el Vino 2026 + sacacorchos Vivir el Vino + 10 € de descuento en tu próxima compra + envío gratisPrimer pedido desde 50 €: Guía 2026 + sacacorchos + 10 € en tu próxima compra + envío gratis

Nuevas fronteras: La vid vuelve a explorar el mundo

Por Alberto Matos

Hubo un tiempo en el que las lindes de la vid parecían perfectamente trazadas. Generación tras generación, las grandes regiones vitivinícolas siguieron ocupando el mismo lugar y pocos imaginaban que la planta pudiera abrirse camino fuera de los territorios tradicionalmente asociados a su cultivo. Al norte hacía demasiado frío; en las zonas tropicales, el calor y la humedad hacían extremadamente difícil desarrollar una viticultura de calidad; y en otros lugares, simplemente, nunca había existido una tradición que invitara a plantar un viñedo.
Hoy esa idea ha dejado de ser una certeza. No porque Borgoña, Rioja, Barolo o Mosela hayan dejado de marcar el rumbo de la viticultura mundial, sino porque el viñedo está apareciendo con fuerza en lugares donde hasta hace poco parecía impensable. En algunos casos se trata de territorios que recuperan un cultivo desaparecido hace décadas o incluso siglos; en otros, de regiones que están construyendo una industria vitivinícola moderna prácticamente desde cero.
Sería un error atribuir este fenómeno únicamente al cambio climático. El aumento de las temperaturas explica parte de esta expansión, especialmente hacia las latitudes más septentrionales, pero no basta para entender lo que está ocurriendo. El nuevo escenario también responde al desarrollo de nuevas técnicas agronómicas, a la selección de variedades más resistentes, a la búsqueda de altitud para preservar la frescura y a una nueva generación de viticultores decidida a comprobar hasta dónde puede llegar el cultivo de la vid.
No todas estas regiones acabarán convirtiéndose en grandes nombres de la viticultura mundial. Algunas seguirán siendo proyectos de pequeña dimensión y otras quizá no lleguen a consolidarse. Pero todas reflejan que las fronteras del vino vuelven a desplazarse. Y esa transformación comienza mucho más al norte —y en lugares mucho más inesperados— de lo que hasta hace poco parecía posible.

El deshielo del norte

Durante mucho tiempo, el límite septentrional del viñedo europeo apenas cambió. Más allá de determinadas latitudes, los veranos eran demasiado breves para completar la maduración de la uva y los inviernos demasiado rigurosos para garantizar la supervivencia de la planta.
Aquella frontera nunca apareció dibujada sobre un mapa, pero viticultores e investigadores sabían perfectamente dónde terminaban las posibilidades del cultivo.
Hoy esa realidad empieza a cambiar. No lo hace con miles de hectáreas de nuevas plantaciones ni mediante la llegada de grandes grupos bodegueros. El avance es mucho más discreto y, precisamente por eso, más revelador. Pequeños productores están demostrando que, con una viticultura adaptada a cada entorno, el apoyo de la investigación y, en muchos casos, variedades más resistentes, es posible elaborar vinos de calidad en lugares donde hace apenas unas décadas parecía impensable.
Cada país ha seguido un camino distinto. Irlanda está construyendo una industria vitivinícola moderna prácticamente desde cero; Polonia recupera una tradición que había desaparecido; Escandinavia convierte la investigación en una de sus principales herramientas; mientras Bélgica y los Países Bajos aprovechan unas condiciones climáticas diferentes de las que tenían hace apenas unas décadas. Lo que durante mucho tiempo pareció el límite natural del viñedo europeo comienza hoy a desplazarse hacia el norte.

Carlos Creek Winery (EE.UU.)

Irlanda, una viticultura por construir

Pocas regiones reflejan mejor este cambio que Irlanda. A diferencia de otros países europeos, la Isla Esmeralda nunca llegó a desarrollar una tradición vitivinícola comparable a la de sus vecinos continentales.
Aunque existieron pequeños viñedos vinculados a comunidades monásticas durante la Edad Media, el país está construyendo una industria vitivinícola moderna prácticamente desde cero.
El clima atlántico sigue planteando importantes desafíos. Los veranos son frescos, las lluvias abundantes y las horas de sol limitadas. Sin embargo, esas mismas condiciones permiten conservar una acidez natural que hoy se ha convertido en uno de los principales argumentos de sus vinos, precisamente en un momento en el que muchas regiones tradicionales buscan preservar esa frescura. Los primeros productores entendieron pronto que el objetivo no era competir con las grandes regiones clásicas. Irlanda no aspira a elaborar un cabernet sauvignon que recuerde al Médoc, sino a desarrollar un estilo propio basado en blancos y, sobre todo, en espumosos. Para ello trabaja con variedades de maduración temprana como la madeleine angevine o la solaris, capaces de completar su ciclo vegetativo
en un clima que sigue siendo exigente para la vid.
Bodegas como Lusca Vineyards, en las proximidades de Dublín, simbolizan esa nueva realidad. Su producción continúa siendo reducida, pero demuestra que un país sin una gran tradición vitivinícola puede hacerse un hueco en el panorama europeo cuando adapta el viñedo a las condiciones de su territorio.

Viñedos de Lusca Vineyards (Irlanda)

Polonia, el regreso de una tradición

La historia de Polonia no es muy distinta. Aquí la vid no llega por primera vez, sino que regresa. Los primeros viñedos aparecieron durante la Edad Media, impulsados por las órdenes religiosas que necesitaban vino para la liturgia. Regiones como Lubusz o Baja Silesia mantuvieron una actividad vitivinícola durante siglos, hasta que la Pequeña Edad de Hielo, las guerras y los cambios políticos provocaron la desaparición de buena parte del viñedo.
Su recuperación comenzó hace apenas unas décadas y desde entonces el crecimiento ha sido constante. El país ronda ya el millar de hectáreas de viñedo y reúne varios centenares de bodegas, la inmensa mayoría de carácter familiar. La adaptación vuelve a ser la clave.
Variedades resistentes como la solaris, johanniter, hibernal, regent o rondo soportan inviernos muy rigurosos y alcanzan la maduración antes de las primeras heladas otoñales.
Bodegas como Winnica Turnau o Winnica Srebrna Góra han contribuido a cambiar la percepción del vino polaco. Sus elaboraciones ya no buscan sorprender únicamente por su origen, sino convencer por la calidad de sus vinos. Es el mismo camino que empiezan a recorrer muchas regiones vitivinícolas emergentes. El reto ya no consiste en llamar la atención por su procedencia, sino en construir una identidad propia.

Winica Turnao (Polonia)

La ciencia mueve los límites

Durante mucho tiempo, cultivar vid en Dinamarca o Suecia parecía poco menos que inviable. El problema no era únicamente el frío, sino también unos veranos demasiado cortos y una humedad elevada que favorecía enfermedades como el mildiu o el oídio. Parte de la respuesta no llegó del clima, sino de la investigación.
Las variedades PIWI marcaron un punto de inflexión. Obtenidas mediante cruzamientos tradicionales y no por modificación genética, combinan una mayor resistencia a las enfermedades con una maduración temprana y reducen la necesidad de tratamientos fitosanitarios.
Entre ellas destaca la solaris, probablemente la variedad que mejor representa la expansión del viñedo hacia el norte. Junto a ella, la johanniter, muscaris, souvignier gris o cabernet noir configuran un viñedo muy distinto del que domina el centro y el sur de Europa.
Dinamarca abrió camino con Skærsøgaard Vin, la primera bodega del país autorizada a comercializar vinos con Indicación Geográfica Protegida (IGP) dentro del sistema europeo de calidad vitivinícola. Después llegaron proyectos como Dyrehøj Vingaard, confirmando que el país también podía elaborar blancos y espumosos de calidad.
En Suecia, donde la producción se concentra principalmente en la región de Skåne, Kullabergs Vingård ha combinado la investigación varietal con la agricultura regenerativa para convertirse en uno de los referentes de esta nueva viticultura nórdica.
El fenómeno también alcanza a Estonia, Letonia y Lituania, donde empiezan a multiplicarse pequeños viñedos que trabajan con híbridos capaces de soportar inviernos extremos. La investigación varietal desarrollada tanto en Letonia como en otros centros europeos ha contribuido al desarrollo y difusión de algunas variedades resistentes utilizadas hoy en distintos países del norte de Europa.
Más al oeste, Bélgica y los Países Bajos siguen un camino diferente. Allí el aumento de las temperaturas, junto con la mejora de las técnicas de cultivo y la selección de parcelas adecuadas, ha favorecido el desarrollo de variedades clásicas como chardonnay y pinot noir, destinadas sobre todo a la elaboración de espumosos de calidad. Proyectos como Wijndomein Genoels-Elderen o Apostelhoeve reflejan esa evolución y demuestran que la expansión del viñedo europeo responde a realidades muy distintas según el territorio.

Sula Vineyards

Donde las estaciones se desdibujan

La expansión del viñedo hacia el norte explica solo una parte de la transformación que vive hoy la viticultura.
En Asia, el desafío no consiste en ganar latitud, sino en aprender a cultivar la vid bajo unas condiciones climáticas completamente diferentes. En muchas de sus regiones el problema no es la falta de calor, sino el exceso de humedad, los monzones, las altas temperaturas durante buena parte del año o la ausencia de una estación fría claramente definida que marque el ciclo tradicional de la planta. Un escenario que durante siglos se consideró incompatible con una viticultura de calidad.
La respuesta no ha consistido en trasladar los modelos europeos a otro continente, sino en desarrollar una viticultura propia para cada paisaje. En unos casos ha sido necesario modificar el calendario de poda y vendimia; en otros, seleccionar cuidadosamente las zonas de cultivo o aprovechar la altitud para moderar las temperaturas. Cada territorio ha obligado a desarrollar soluciones diferentes, alejadas de los esquemas tradicionales de la viticultura europea.
Cada país ha seguido su propio camino. Japón ha encontrado nuevas oportunidades en regiones septentrionales como Hokkaido. India ha modificado el calendario de la vid para adaptarlo a sus condiciones climáticas. Tailandia ha demostrado que también es posible elaborar vino en un entorno sin un invierno marcado. Tres realidades distintas que reflejan hasta qué punto la expansión del viñedo ya no depende únicamente de encontrar nuevos territorios, sino también de comprender cómo cultivarlos.

Viñedos de Pericó (Brasil)

La nueva frontera del vino japonés

Durante mucho tiempo, hablar del vino japonés era hablar de Yamanashi. Allí la variedad koshu encontró el territorio donde construir la identidad de la viticultura moderna del país y comenzó a consolidarse el prestigio internacional de sus vinos. Mientras esa región afianzaba su posición, una nueva zona vitivinícola empezaba a desarrollarse en el extremo norte del archipiélago.
La isla de Hokkaido parecía reunir todas las condiciones para quedar al margen de esa evolución. Sus largos inviernos y sus intensas nevadas hacían pensar que la vid difícilmente podría prosperar. Hoy la realidad es muy distinta. La combinación de un clima cada vez más favorable, la evolución de las técnicas de cultivo y la selección de variedades adaptadas ha ampliado las posibilidades del viñedo. Además, su clima más seco que el del resto del archipiélago ha favorecido el desarrollo de una viticultura con características propias. La menor presión de enfermedades fúngicas, la disponibilidad de nuevos terrenos y una maduración más pausada se han convertido en algunas de sus principales
ventajas.
Las noches frescas ayudan a conservar la acidez y prolongan la maduración de la uva, favoreciendo vinos de gran precisión aromática. Pinot noir, chardonnay, pinot gris o kerner han encontrado en Hokkaido unas condiciones especialmente favorables y constituyen la base de una viticultura que mantiene una marcada dimensión artesanal.
Productores como Domaine Takahiko, NIKI Hills Winery o 10R Winery han contribuido a situar Hokkaido
entre las regiones más prometedoras del vino asiático.
Su producción sigue siendo reducida, pero refleja cómo la viticultura japonesa continúa ampliando sus horizontes a partir de modelos propios, ajustados a las características de cada zona.

Domaine Takahiko (Japón)

El truco de la doble poda

Si Japón ha encontrado una oportunidad en el frío, demuestra que incluso el calor puede dejar de ser un obstáculo cuando cambia la forma de entender la viticultura.
La mayor parte del viñedo se concentra en el estado de Maharashtra, especialmente en torno a Nashik, situada a unos 700 metros de altitud.
El principal desafío no son las temperaturas, sino el calendario. Si la vid siguiera un ciclo tradicional europeo, la vendimia coincidiría con el monzón y las lluvias comprometerían la sanidad de la uva antes de llegar a la bodega. La respuesta llegó desde la agronomía. Los viticultores adaptaron un sistema de doble poda que modifica el ciclo vegetativo de la planta y desplaza la
maduración hacia los meses secos del invierno.
La innovación es tan eficaz como sencilla. No cambia el clima, sino el momento en que la planta completa su ciclo productivo. Ese ajuste ha permitido consolidar una industria que hace apenas tres décadas era prácticamente inexistente. Bodegas como Sula Vineyards, pionera del vino moderno indio, Grover Zampa o Fratelli Vineyards elaboran hoy vinos a partir de variedades internacionales como chenin blanc, sauvignon blanc, syrah, cabernet sauvignon, tempranillo o sangiovese.
Su evolución demuestra que la gestión del ciclo vegetativo puede resultar tan decisiva como las propias condiciones naturales.

Fratelli Vineyards (India)

Cultivar la vid sin invierno

Si India modifica el calendario de la vid, Tailandia demuestra que el cultivo también puede desarrollarse en ausencia de un invierno marcado. Durante mucho tiempo, las altas temperaturas y la elevada humedad bastaron para descartar cualquier aspiración vitivinícola seria en buena parte del país.
Sin embargo, algunos productores optaron por buscar soluciones adaptadas a las características del territorio. Una de las principales zonas productoras se encuentra en Khao Yai, al noreste de Bangkok, aunque también existen viñedos destacados en los alrededores de Hua Hin. La altitud, la elección de parcelas bien ventiladas y un manejo preciso del viñedo permiten reducir buena parte de los problemas asociados al clima tropical.
El principal referente es Monsoon Valley Vineyard, perteneciente a Siam Winery. Tras años de ensayos, la bodega ha identificado las variedades que mejor responden a estas condiciones, entre ellas la chenin blanc, colombard, shiraz, sangiovese y tempranillo. Su producción sigue siendo reducida, pero demuestra que la viticultura también puede desarrollarse en entornos tropicales cuando se encuentra el equilibrio adecuado entre variedad, ubicación y manejo del viñedo.
La experiencia asiática refleja que no existe un único camino para ampliar las fronteras del vino. Mientras en Europa la expansión del viñedo ha avanzado hacia latitudes más septentrionales, en Asia la evolución ha pasado por modificar la forma de cultivar la vid en escenarios donde durante siglos parecía imposible. Dos estrategias diferentes que responden a un mismo objetivo: comprender mejor hasta dónde puede llegar la viticultura.

En busca de la altitud

Durante buena parte del siglo XX, la expansión del viñedo buscó territorios capaces de garantizar una maduración completa de la uva. En muchas regiones eso significó plantar en zonas más cálidas, donde el calor reducía el riesgo de cosechas irregulares y favorecía una maduración más constante.
Hoy esa lógica ha empezado a cambiar. En numerosos territorios el desafío ya no consiste en alcanzar la madurez, sino en conservar la frescura. Las temperaturas elevadas aceleran el ciclo vegetativo, reducen la acidez y aumentan el grado alcohólico, obligando a los viticultores a replantear la ubicación de sus viñedos.
La respuesta no siempre pasa por buscar latitudes más septentrionales. En muchos casos consiste en ganar altitud, aprovechar la influencia de grandes masas de agua o seleccionar enclaves especialmente frescos capaces de compensar los efectos del calentamiento.
América ofrece algunos de los ejemplos más representativos de esta transformación.

Mission Hill Family Estate (Canadá).

La cordillera que desafía al trópico

Durante muchos años, hablar de vino brasileño era hablar del sur del país, especialmente de Rio Grande do Sul, una región histórica donde el clima subtropical y la elevada humedad han condicionado tradicionalmente el desarrollo de la viticultura. Sin abandonar esas zonas, una nueva generación de productores comenzó a mirar hacia las montañas en busca de unas condiciones
más favorables. La Serra Catarinense, en el estado de Santa Catarina, se eleva entre los 900 y los 1.400 metros de altitud.
Allí las temperaturas descienden, la maduración se ralentiza y la diferencia térmica entre el día y la noche
favorece una mayor complejidad aromática. La altura modifica por completo el comportamiento de la vid y permite cultivar variedades como la cabernet sauvignon, merlot, pinot noir, chardonnay o sauvignon blanc en unas condiciones muy diferentes a las habituales
en otras zonas del país.
Bodegas como Villa Francioni, Vinícola Abreu Garcia o Pericó han contribuido a consolidar el prestigio de esta nueva viticultura de montaña, demostrando que Brasil también puede construir una viticultura de calidad apoyada en la altitud y la frescura. La montaña se convierte así en una herramienta para compensar aquello que la latitud no permite.

Viñedos nacidos de la investigación

Si Brasil ha encontrado una oportunidad en la altitud, Estados Unidos demuestra que algunas fronteras del vino también pueden superarse desde la ciencia. Pocas instituciones han influido tanto en la expansión del viñedo hacia nuevas regiones como la Universidad de Minnesota, cuyos programas de investigación han desarrollado variedades capaces de soportar temperaturas extremadamente bajas sin renunciar a una calidad enológica cada vez más reconocida.
Uvas como la frontenac, marquette, crescent o itasca han abierto posibilidades impensables hace apenas unas décadas en estados como Minnesota, Wisconsin o Vermont. No se trata únicamente de ampliar el mapa vitícola, sino de hacerlo con herramientas adaptadas a cada territorio. Estas variedades han permitido que pequeños productores establezcan viñedos en regiones tradicionalmente consideradas demasiado frías para la Vitis vinifera, construyendo una identidad propia alejada de los modelos clásicos de California o del noroeste del Pacífico.
Bodegas como Carlos Creek Winery o Saint Croix Vineyards reflejan el impacto de esta investigación sobre el terreno. Sus elaboraciones demuestran que las variedades desarrolladas para soportar inviernos extremos también pueden dar lugar a vinos con personalidad propia. El caso estadounidense recuerda que las nuevas fronteras del vino no siempre nacen directamente en el viñedo. En ocasiones comienzan en un laboratorio, donde la investigación permite imaginar paisajes vitícolas que hasta hace poco parecían imposibles.

Mission Hill Family Estate (Canadá).

Canadá, el desafío del frío extremo

Más al norte, Canadá representa una de las expresiones más claras de cómo la viticultura ha aprendido a convivir con condiciones que durante mucho tiempo parecieron incompatibles con el cultivo de la vid. El país cuenta con una tradición vitivinícola consolidada en regiones como Ontario y Columbia Británica, donde la combinación de microclimas favorables y conocimiento agronómico ha permitido ampliar los límites del viñedo.
En Ontario, la influencia moderadora de los Grandes Lagos suaviza los inviernos y crea un entorno favorable para variedades como la chardonnay, pinot noir o riesling. En la Columbia Británica, el valle de Okanagan combina una elevada amplitud térmica, una pluviometría relativamente baja y zonas de cultivo situadas en uno de los límites septentrionales de la viticultura comercial. La clave canadiense no está únicamente en resistir el frío, sino en aprender a gestionarlo. La selección de variedades adecuadas, las prácticas de protección invernal y un conocimiento cada vez mayor del comportamiento de la vid han permitido desarrollar una industria de notable calidad. Bodegas como Mission Hill Family Estate, en el valle de Okanagan, o Cave Spring Vineyard, en Ontario, reflejan cómo esos entornos pueden dar lugar a vinos de prestigio internacional.
La clave canadiense no está únicamente en resistir el frío, sino en aprender a gestionarlo. La selección de variedades adecuadas, las prácticas de protección invernal y un conocimiento cada vez mayor del comportamiento de la vid han permitido desarrollar una industria de notable calidad. Bodegas como Mission Hill Family Estate, en el valle de Okanagan, o Cave Spring Vineyard, en Ontario, reflejan cómo esos entornos pueden dar lugar a vinos de prestigio internacional. Canadá completa así el recorrido americano. Mientras Brasil busca frescura en la altura y Estados Unidos amplía el mapa mediante la investigación, el norte del continente demuestra que incluso el frío extremo puede convertirse en una oportunidad cuando la viticultura encuentra las herramientas adecuadas.

El mapa sigue creciendo

Durante siglos, la geografía del vino estuvo asociada a unos territorios concretos. Primero fueron las grandes regiones europeas; después, el llamado Nuevo Mundo amplió el horizonte con países como Australia, Chile, Argentina, Sudáfrica o Estados Unidos. Durante mucho tiempo, parecía que el mapa vitivinícola estaba definido.
Sin embargo, la evolución de la viticultura demuestra que sus límites nunca han sido completamente fijos.
El cambio climático, la investigación agronómica y la capacidad de adaptación de los viticultores están abriendo posibilidades en zonas que hasta hace poco quedaban fuera de la producción de vino. La pregunta ya no es únicamente dónde se ha cultivado tradicionalmente la vid, sino dónde puede cultivarse en las condiciones actuales.
Las historias de Irlanda, Polonia, Hokkaido, Nashik, Serra Catarinense, Minnesota, Canadá o Tasmania no hablan únicamente de nuevas regiones productoras. Hablan de una viticultura que recupera algunos territorios olvidados, experimenta con nuevas soluciones y explora espacios que durante mucho tiempo parecieron inviables. Algunas de estas zonas acabarán consolidándose; otras seguirán siendo producciones minoritarias.
Pero todas aportan una nueva perspectiva sobre el futuro del vino.
Estos casos representan solo una parte de un fenómeno mucho más amplio. Inglaterra ha convertido sus espumosos en una referencia internacional gracias a un clima más favorable para determinadas variedades; Noruega y otros países nórdicos continúan explorando las posibilidades de los híbridos resistentes; Chile y algunas zonas frías de Nueva Zelanda buscan nuevos equilibrios frente al aumento de las temperaturas; y otros territorios recurren a la altitud, la orientación o la recuperación de variedades propias para adaptarse a un escenario cambiante.
La principal enseñanza de este nuevo mapa vitivinícola es que la frontera del vino ya no responde únicamente a la tradición o a la latitud. Las grandes regiones seguirán marcando el camino durante mucho tiempo, pero cada vez más territorios están demostrando que la vid puede encontrar nuevas oportunidades cuando la viticultura se adapta a las condiciones de cada paisaje. El futuro del vino seguirá apareciendo también en aquellos lugares donde hasta hace poco parecía imposible.

España también mueve sus fronteras

España no necesita descubrir nuevos territorios para la vid, pero sí está aprendiendo a mirar de otra forma los que ya tenía. En un escenario marcado por el aumento de las temperaturas, la irregularidad de las precipitaciones y la aceleración de los ciclos de maduración, muchas bodegas han comenzado a buscar el equilibrio en la altitud, la orientación de las parcelas y la influencia de microclimas capaces de preservar la
frescura de los vinos.
La montaña se ha convertido en una de las grandes aliadas de esta transformación. Los viñedos de garnacha de altura en la Sierra de Gredos, los proyectos que exploran las laderas de Sierra Nevada o la recuperación y el desarrollo de viñedos en zonas como la Serranía de Ronda muestran cómo territorios que durante años permanecieron alejados del foco vitivinícola han adquirido un nuevo protagonismo. La altitud permite ralentizar la maduración, conservar la acidez y favorecer una maduración más pausada, algo que resulta cada vez más difícil de encontrar en zonas
más cálidas.
Pero la adaptación no pasa únicamente por subir cotas. En Canarias, la combinación de altitud, suelos volcánicos y una extraordinaria diversidad de microclimas permite cultivar la vid en condiciones únicas, desde parcelas próximas al nivel del mar hasta viñedos situados por encima de los 1.500 metros. También en Galicia y otras zonas del norte peninsular crece el interés por ubicaciones más frescas, orientaciones concretas y parcelas capaces de ofrecer maduraciones
más lentas y equilibradas.
Bodegas como Comando G, Barranco Oscuro o F. Schatz reflejan esta nueva mirada al viñedo, basada en la búsqueda de emplazamientos singulares y en una interpretación cada vez más precisa de las condiciones
de cada paisaje. Al mismo tiempo, esta evolución está impulsando la recuperación de paisajes vitícolas y variedades autóctonas que durante años quedaron en segundo plano. Los viñedos viejos, las pequeñas
parcelas de montaña y los lugares de difícil cultivo han dejado de ser únicamente una limitación para convertirse en una oportunidad. En muchos casos, aquello que durante décadas se consideró poco rentable — bajos rendimientos, pendientes pronunciadas o difícil mecanización— es hoy una de las principales fortalezas para elaborar vinos con mayor identidad.
España no está creando nuevas fronteras del vino, sino redescubriendo las que ya tenía. En un contexto de cambio climático, su mayor ventaja puede estar precisamente en la diversidad de sus paisajes y en la capacidad de adaptar una tradición milenaria a unas condiciones que obligan a replantear dónde y cómo se cultiva la vid.


Selección de la revista en nuestra tienda

47,00 €

Añadir al carrito

45,00 €

Añadir al carrito

60,00 €

Añadir al carrito
Un plus de variedades

56,00 €

Añadir al carrito

Ver todas las ofertas

Comparte:

Facebook
Twitter
Pinterest

Noticias Relacionadas