Por Raúl Serrano
A veces uno piensa que va a hacer un viaje más a la Ribera del Duero, pero nada más lejos de la realidad: basta con poner un pie en Pagos de Anguix para darse cuenta de que esto es otra cosa. Y si le sumas la presencia del Grupo Familiar Juvé, con Meritxell Juvé acompañándonos en cada paso, y a José Manuel Pérez Ovejas, que ya es todo un referente en la Ribera y que recibe cada proyecto con la misma ilusión que si fuera el primer día en una bodega, la experiencia se dispara. Su entusiasmo por la zona es contagioso, y no tardas en sentir la Ribera como tuya.
Pagos de Anguix nos había convocado para mostrarnos su proyecto “Riberas de Frontera”, una apuesta por vinos de altura en viñedos que aguantan un clima extremo, en un lugar muy especial llamado Diamante Dorado. Todo aquí respira compromiso: con la tierra, con la viña, con la excelencia. Viñedos 100% ecológicos, respeto por la biodiversidad, rendimientos limitados y, sobre todo, una identidad muy clara que se refleja en cada botella.
Como todo viaje que se precie, hubo paseo por los viñedos, visita a la bodega y, por supuesto, mucho vino. Catamos añadas, comentamos aromas, texturas y recuerdos… y cerramos con la presentación de la nueva añada 2022 de Costalara, que llega con nueva imagen pero el mismo espíritu auténtico. Pagos de Anguix cuenta con 80 hectáreas de viñedo propio, con parcelas pequeñas y muy cuidadas, donde lo que importa es la calidad y que cada vino tenga su propia personalidad. En Costalara, viñedos de entre 25 y 30 años sobre suelos pedregosos y fondo arcillo-calcáreo dan lugar a un vino intenso, limpio, muy ribereño, donde la fruta viva y la mineralidad se equilibran a la perfección. La crianza aporta notas de cuero, ahumados y delicados balsámicos. En boca es amplio, tenso, vibrante, con aromas de fruta fresca, especias dulces, chocolate belga, tabaco… y una acidez que lo alarga hasta un final largo y persistente.
Pero lo que realmente hace que Pagos de Anguix sea especial no es solo el vino, sino la gente que hay detrás. Caminar entre esos viñedos que parecen tocar el cielo, sentir el viento sobre las cepas de Costalara, escuchar a José Manuel contar cada detalle del viñedo y compartir charlas con Meritxell sobre cómo cuidan cada parcela… todo eso convierte la visita en algo más que un paseo: es una experiencia que te toca los sentidos y te hace entender la pasión que hay detrás de cada botella. Aquí no solo se hace vino; se cuenta la historia de un lugar, se transmite su carácter y se comparte el amor por la tierra y por lo que hacen.
Al final, la sensación es clara: aquí hay vino para rato. Hay viñedos, hay bodega y, sobre todo, hay gente que cree de verdad en lo que hace. Porque esto, sin duda, no fue un viaje cualquiera a la Ribera del Duero, sino una experiencia que deja huella en la memoria, en el paladar y en el corazón de cualquiera que ame el vino.



