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Arroz con leche: la receta de las mil abuelas

Si te dijera que el postre que tu abuela removía durante horas en un cazo de aluminio fue en su día comida de reyes, de monjas y hasta de ángeles, seguramente pensarías que me he pasado con el orujo de la sobremesa.
Pues no. El arroz con leche, ese que unos comen frío, otros templado, y por el que más de una familia ha discutido a gritos sobre si la canela va en rama o en polvo, tiene detrás de sí a Persia, Al-Ándalus, conventos peruanos y un pueblo asturiano que le dedica un festival con título de Gran Maestre incluido. Vamos a ponerle a este humilde cazo la genealogía que se merece.
Para encontrar al primer arroz con leche de la historia hay que irse muy lejos, a la China de hace milenios, donde el arroz ya era mucho más que un cereal: era vida, moneda y, cómo no, materia prima de postre. Pero el arroz con leche tal y como lo entendemos (dulce, cremoso, con especias) nació unos cuantos siglos después en Persia, donde este engrudo delicioso se llamaba birinj y se consideraba, nada menos, “el alimento de los ángeles”. Con esa reputación no es de extrañar que acabara cruzando medio mundo. Los árabes, que para difundir cosas buenas no tenían rival, lo llevaron consigo en su expansión: introdujeron el arroz en Europa y, de paso, el azúcar de caña que necesitaba para dejar de ser un plato salado. En el año 711 el arroz, la canela, el limón y el azúcar cruzaron el Estrecho junto a todo lo demás, y Al-Ándalus adoptó el postre con entusiasmo. Ya en el siglo XIII hay constancia de una versión andalusí endulzada con miel, y para los siglos XV y XVI el plato había ascendido de escalafón: se le llamaba “manjar blanco” o “manjar imperial”, y se servía en mesas de la corte, no en la cocina de cualquiera.


La primera receta impresa que conocemos, con nombre y apellido, aparece en 1607 en el Libro del Arte de Cozina de Domingo Hernández de Maceras, cocinero del Colegio Mayor de Oviedo en Salamanca. O sea, que cuando alguien te diga que el arroz con leche es “cosa de casa”, recuérdale que lleva más de cuatro siglos de currículum escrito.
Y como todo plato con tanto recorrido, no viajó solo: se llevó consigo primos de medio mundo. En la India tiene uno llamado kheer, aromatizado con cardamomo y agua de rosas. En Grecia se llama rizógalo y se toma frío, casi como una natilla. En Francia, el clasicísimo riz au lait presume de vainilla y textura afrancesada. Y en el mundo árabe conviven versiones como el mahalabia, más cercano a un pudin que a un arroz reconocible. Todos comparten padre (el arroz cocido lentamente en leche endulzada) pero cada cultura le ha puesto su acento, como en cualquier reunión familiar numerosa donde todos discuten el mismo tema con opiniones distintas.
Dentro de España el debate ya es sano de por sí. La versión asturiana, la más reivindicada, se cuece a fuego lento durante horas hasta lograr una cremosidad que no necesita nata ni trampas, y muchos la rematan quemando la superficie con un hierro candente o un soplete hasta dejar esa costra tostada que separa a los puristas de los blasfemos (aviso: si no la quemas, en Asturias hay quien no te lo perdona).
En Galicia se hace parecido, con más peso de la corteza de limón. En Canarias aparece con un puntito de piel de naranja. Y crucemos el charco: en Perú y Colombia el “arroz con leche” convive con el “manjar blanco”, que allí no es el mismo plato que en la España del siglo XVI, sino una crema de leche caramelizada mucho más cercana a nuestro dulce de leche. Así que ojo, porque el mismo nombre puede llevarte a mesas completamente distintas según el continente en el que preguntes. Las versiones modernas tampoco faltan: arroz con leche especiado con jengibre, versiones veganas con leche de coco o de avena, y hasta reinterpretaciones de alta cocina servidas con helado o crumble, que dejan claro que este postre humilde soporta bien las visitas a restaurantes con mantel de tela.
Con tanta variación por el mundo, no es de extrañar que en Asturias no se contenten con comerlo: le montan una fiesta. En el concejo de Cabranes (Santolaya) se celebra desde 1980 el Festival del Arroz con Leche, declarado de interés turístico regional en 2004. La cosa no va de un simple concurso de recetas: cada año se corona a un “Gran Maestre del Arroz con Leche”, título que recae en quien acumule más edad y más premios en ediciones anteriores, mientras el ayuntamiento homenajea a los abuelos del concejo. Pocas veces un postre ha tenido tanto protocolo. Otro mito goloso, ya que estamos: aquel “manjar blanco” de la corte castellana del XVI no tiene nada que ver con el “manjar blanco” que hoy comen en Lima o Bogotá. Mismo nombre, plato distinto, y una prueba más de que la gastronomía viaja, muta y a veces hasta cambia de identidad sin avisar. Y no puedo dejar pasar la gran batalla doméstica: la de la canela en rama frente a la canela molida. Los defensores de la rama argumentan aroma sin “arenilla”; los de la molida, sabor más intenso y presencia visual. Yo no pienso mediar en esa guerra, que ya tengo bastante con la de la tortilla con o sin cebolla.
Ahora que ya conoces su currículum, vamos con los trucos que de verdad marcan la diferencia entre un arroz con leche meloso y uno de manual escolar. El primero, usar arroz de grano redondo, el que suelta más almidón: es el responsable de esa cremosidad sin necesidad de trucos. El segundo, no lavarlo antes de cocinarlo, porque ese almidón de la superficie es tu mejor aliado, no una impureza que eliminar.
Añade después la leche caliente poco a poco, nunca de golpe, y remueve con frecuencia: es lo que separa un arroz con leche meloso de uno con la textura de sopa fría de aeropuerto. Cocina a fuego suave y con paciencia, que esto no es un sofrito y aquí no hay atajos: cuenta con hora y media o más. Ten en cuenta también que el arroz con leche espesa bastante al enfriarse, así que si lo preparas con antelación, resérvate un poco de leche fría para ajustar la textura antes de servir. Y si te atreves con la costra quemada, hazlo justo antes de servir y con el postre bien frío: contraste de temperaturas es sinónimo de placer.

La receta

* Ingredientes (6 pax): 250 g de arroz de grano redondo, 2,5 l de leche entera, 500 ml de agua, 200 g de azúcar, 2 ramas de canela, la piel de un limón (solo la parte amarilla, sin lo blanco), una pizca de sal y azúcar extra para quemar la superficie (opcional).

* Elaboración: Ponemos el arroz a cocer en el agua junto con la pizca de sal, hasta que absorba prácticamente todo el líquido. Mientras tanto, calentamos la leche en otro cazo con la canela en rama y la piel de limón, sin dejar que hierva a borbotones, solo que tome calor y se aromatice bien. Añadimos la leche caliente al arroz poco a poco, en tandas, sin prisa, removiendo con frecuencia para ir liberando el almidón. Cada vez que el arroz absorba el líquido, incorporamos un poco más.
Cuando llevemos aproximadamente una hora de cocción lenta, añadimos el azúcar y seguimos removiendo hasta conseguir la cremosidad deseada, entre hora y media y dos horas en total. Retiramos la canela y la piel de limón, repartimos el arroz con leche en cuencos individuales o en una fuente y dejamos enfriar. Si quieres la versión asturiana de verdad, espolvorea azúcar por encima y quema la superficie con un hierro candente o un soplete de cocina justo antes de servir.

Y ya sabes: si alguien te dice que esto es “solo arroz con leche”, mándale este artículo. A ver si con Persia, Al-Ándalus y un Gran Maestre de por medio, se le quitan las ganas de discutir.

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