En La Seca (Valladolid), Barco del Corneta comenzó en 2007 con una parcela familiar descepada en el pago de Cantarranas. Beatriz Herranz Sanz había regresado al pueblo de su familia para trabajar una tierra heredada de su abuelo Luis Sanz, situada junto al pinar y el arroyo que dan nombre al proyecto. Lo que al principio fue una iniciativa de viticultura orientada a producir uva ecológica de calidad terminó convirtiéndose, pocos años después, en una de las lecturas más personales de la verdejo en Castilla y León.
Beatriz, ingeniera agrícola y enóloga, plantó en 2008 las primeras cepas junto a su madre, María Antonia Sanz en un paraje históricamente valorado en La Seca, en el que su abuelo había cultivado allí viñas de viura. Mientras el proyecto empezaba a tomar forma, Beatriz compaginaba el trabajo en el campo lasecano con la recuperación de viñedos en otras zonas como Méntrida y Cebreros. Aquella experiencia fuera de Rueda también fue construyendo una forma de entender el vino más ligada al suelo, al origen, a la paciencia y al tiempo.
La primera añada de Barco del Corneta llegó en 2010. Fue una elaboración mínima, casi anecdótica: quince amigos, unas cajas de fruta y uva suficiente para llenar una barrica. Entre aquel grupo ya estaba Félix Crespo, ingeniero agrícola y enólogo, que desde el inicio acompañó de cerca el proyecto. Su incorporación definitiva llegaría en 2016, después de una trayectoria marcada por el trabajo en reconocidas bodegas, que también le ayudaron a perfilar una mirada técnica y precisa sobre la viña y la elaboración.
Esa primera barrica llamó pronto la atención de importadores y profesionales del sector, que encontraron un verdejo poco habitual para el contexto de entonces. Con el tiempo, Beatriz y Félix fueron afinando una línea común: vinos blancos con estructura, verticalidad, crianza, capacidad de guarda y su interpretación propia de la verdejo.

El crecimiento no fue inmediato ni sencillo. En 2013, Beatriz encontró unas instalaciones provisionales en Medina del Campo para poder elaborar, pero la añada se complicó por la lluvia y la botrytis, que arruinó buena parte de la cosecha. Aun así, aquel año terminó siendo importante para la bodega. Nació Cucú, el vino más accesible de la casa; comenzaron los trabajos de recuperación de viñas viejas en Alcazarén, origen de los futuros Parajes del Infierno; y empezó a tomar forma el tinto de Arribes del Duero elaborado con la variedad juan garcía.
La llegada definitiva a La Seca se produjo en 2019, cuando Barco del Corneta inauguró su bodega en una antigua casa del centro histórico del pueblo. El edificio, que había sido la casa del boticario, conserva una parte fundamental de la tradición vitícola local: las cavas subterráneas excavadas en piedra caliza, donde hoy crían los vinos.
Con el tiempo, Barco del Corneta ha surcado otros mares sin perder el punto de partida. Cantarranas sigue siendo el origen de Barco del Corneta, pero Alcazarén ha permitido profundizar en el patrimonio de viñas viejas y pie franco de Tierra de Pinares. De allí nacen vinos como La Sillería y Las Envidias, elaboraciones muy limitadas que recuperan las variedades históricas de la zona como la verdejo, la uva palomino o la viura. A ellas se suma El Judas, un vino con un vínculo especial para Beatriz por la memoria de su abuelo y por el papel que la viura tuvo en La Seca.


