Por Alberto Matos
Pocas categorías han evolucionado tan rápidamente en el mundo del vino como la de los vinos sin alcohol. En apenas unos años han pasado de ocupar un espacio marginal a convertirse en una realidad con reconocimiento normativo, creciente presencia en la hostelería y una apuesta decidida por parte de algunas de las principales bodegas del mundo. Todo indica, además, que su desarrollo responde a una tendencia de largo recorrido y no a un fenómeno pasajero.
Su existencia, por tanto, ya no está en discusión. El vino sin alcohol ha encontrado un espacio legítimo dentro del mercado y responde a una demanda cada vez más evidente de consumidores que desean seguir participando de la experiencia social y gastronómica del vino desde otros hábitos de consumo y otras prioridades. En una sociedad en la que la moderación y el bienestar ganan peso en las decisiones de compra, el sector vitivinícola ha sabido interpretar que existen nuevas ocasiones de consumo que antes quedaban fuera de su alcance.
Su aportación, además, va más allá de la mera alternativa al alcohol. El 0,0 está permitiendo al vino entrar en momentos y contextos en los que tradicionalmente no tenía presencia, desde el consumo diurno hasta determinadas situaciones sociales o profesionales en las que parte de los consumidores desea mantener el ritual de compartir una copa sin consumir alcohol. En este sentido, la categoría no resta espacios al vino tradicional, sino que amplía su territorio y contribuye a que la cultura del vino llegue a nuevos públicos y nuevas generaciones.
Precisamente por ello, el gran desafío de la categoría quizá ya no sea el crecimiento, sino la identidad.
Las categorías maduras suelen poseer un lenguaje propio, unos rituales reconocibles y unos códigos de comunicación que permiten al consumidor comprender de inmediato qué puede esperar de ellas. El vino sin alcohol parece encontrarse todavía en ese proceso de definición y probablemente sea algo natural. Toda in novación necesita tiempo para construir su propia personalidad.
La evolución de otros sectores demuestra que la consolidación llega cuando un producto deja de explicarse por comparación y comienza a hacerlo desde sus propios atributos. El consumidor actual acepta con naturalidad propuestas diferentes siempre que se presenten con claridad y coherencia. Por ello, la construcción de una identidad propia se presenta como una de las grandes oportunidades que se abren para el segmento en los próximos años.
El debate no reside en si estos productos deben o no formar parte de la cultura del vino. La respuesta parece claramente afirmativa. La cuestión pasa más bien por encontrar la mejor manera de expresar su singularidad sin quedar permanentemente subordinados a la comparación con el vino tradicional.
Tal vez el futuro del 0,0 pase por desarrollar códigos propios de presentación y consumo que refuercen su personalidad diferenciada. Nuevos formatos, nuevos lenguajes de comunicación y nuevas formas de relacionarse con el consumidor podrían contribuir a consolidar una categoría que ya no necesita justificarse por aquello de lo que carece, sino por aquello que aporta, nuevas ocasiones de disfrute, nuevos públicos y una ampliación del territorio cultural y comercial del vino.
Porque el vino sin alcohol no parece llamado a sustituir al vino tradicional, sino a convivir con él y a ensanchar sus límites. Y las categorías alcanzan su verdadera madurez cuando dejan de definirse por comparación con otras y encuentran, finalmente, una voz propia.
Eso sí, que nadie espere encontrar un vino tradicional en un vino sin alcohol. Se parecen como un huevo a una castaña.


