Burbujas primaverales en Épernay

Por Jesús Rivasés, columnista, tertuliano y escritor

“El ‘Brut Imperial’ es el champagne más vendido del mundo”

La leyenda afirma que Napoleón Bonaparte llevaba todo un cargamento de champagne en sus campañas militares. Amante de esta bebida, cuentan que decía que “en la victoria lo mereces, en la derrota lo necesitas”. También iba bien provisto de un vino de Borgoña, Gevray Chambertin. Además, sus oficiales habrían inventado el llamado “sableado”, que no es sino abrir las botellas con golpe de sable en el cuello de envase, justo por debajo del corcho. Moët & Chandon fue el champagne del hombre que intentó dominar Europa y que dejó su sello para siempre.

En la escuela militar de Brienne-le-Château coincidió con Jean Remy Moët, nieto de Claude Moët, fundador de la bodega. De ahí nació una gran y larga amistad que culminaría, una vez desaparecido el que fuera “emperador de los franceses”, con la decisión de dar el nombre de “Brut Imperial” a uno de los champagnes de la Maison. Hoy, casi 200 años más tarde, el “Brut Imperial” es el champagne más vendido del mundo, aunque la bodega se guarda como un tesoro las cifras exactas. No obstante, presumen de que cada segundo se abre una de esas botellas en el mundo. La cuenta arroja la cifra de algo más de 30 millones de botellas al año, 31,53 para ser exactos si se cumple ese ritmo.

Moët & Chandon ha organizado hace unas semanas la que denomina “experiencia vinícola”, un acontecimiento en el que, por invitación rigurosa, un pequeño grupo de afortunados de varios países, recorrió parte de las bodegas históricas, en el número 12 de la Avenida del Champagne, ¿dónde si no?, de Épernay, sede original de la “Maison”.

Participaron de una cata dirigida por el mismísimo Benoît Gouez, Chef de Cave de la bodega y otra leyenda del sector. Todo rematado con una cena en la denominada Caveau Napoléon, una sala que recuerda su visita a las bodegas en 1810, quizá cuando estaba en la cima de su poder. La sesión de cata sintetiza el conocimiento y las técnicas de elaboración del champagne y la magia de la situación, que incluye, por supuesto, algunos de los vinos probados. En esta ocasión, los elegidos fueron cinco: el Brut Imperial, los vintages de 2013 y 2015 y lo excepcional, un magnum de 1962 y otro de 1969. La experiencia tiene bastante de mágica y hay que ser un verdadero profesional –algo que está al alcance de muy pocos– para apreciar todo lo que atesoran esos vinos de mediados del siglo pasado. Sorprenden, también a los no expertos, por su magnífica conservación, aunque a veces hay que desechar alguna botella –ocurrió con una en esta ocasión–.

La “experiencia vinícola” de Moët & Chandon incluía en esta ocasión una visita a varias de las viñas de la firma en la zona de Épernay, localidad a 25 km al sur de Reims, que para algunos es la capital del champagne, aunque no hay unanimidad. En Reims también hay bodegas muy importantes y la rivalidad es inevitable. Moët & Chandon también posee, casi enfrente de la Maison histórica, el palacete Trianon, en donde celebra almuerzos de alta cocina, maridados -claro-, con champagnes elegidos, que en esta ocasión fueron los “vintages” de 2000, 2009, 2016 y 2016 Rosé. Los Rosé son una de las apuestas de la bodega, incluidas sus diferencias, ya que el Brut Imperial Rosé podría ser más comercial o popular, según los expertos, mientras que el de 2016 agradaría más a los más acostumbrados al champagne. Además, Moët también juega la baza del llamado “Nectar Imperial”, que es un semiseco ideado para ser bebido, sobre todo, con dulces y postres.

La “experiencia vinícola” 2026 incluía la estancia de una noche y cena en el Château de Saran, algo reservado a los invitados de Moët & Chandon. Es quizá y sin quizá, la experiencia más exclusiva de la Champagne. El castillo fue construido en 1801 como pabellón de caza por el nieto del fundador, Jean-Remy Moët, el amigo de Napoleón. Pasó por muchas vicisitudes y, reformado en tiempos recientes, es un lugar también mágico en una colina sobre las viñas, con once suites cuya decoración recuerda al imperio, a Luis XIV, Dios, Hollywood o los felices veinte. El château, además, ofrece una cena, elaborada por el chef Jean-Michel Bardet, que en esta ocasión incluyó Moët Chandon & Chandon Imperial, Grand Vintage 2013 y Collection Impériale, Création no1.

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