Por Alberto Matos
Durante décadas, hablar de vino sin alcohol se antojaba como una contradicción sin sentido alguno. Hoy, sin embargo, el sector vitivinícola empieza a asumir que el futuro también puede servirse en copas sin graduación. La nueva regulación europea, el cambio en los hábitos de consumo y las inversiones de las grandes bodegas están acelerando la consolidación de una categoría que aspira a ocupar un lugar propio dentro de la cultura del vino
No es ningún secreto que el sector vitivinícola se enfrenta a una sobreproducción estructural y a una caída sostenida del consumo, dos circunstancias que se ven agravadas por el cambio climático y por un relevo generacional cada vez más alejado de las bebidas alcohólicas. Tampoco lo es que, hasta hace muy poco, los vinos sin o con bajo contenido alcohólico eran considerados un contrasentido por buena parte de productores, prescriptores y consumidores tradicionales. Aunque ese recelo sigue latente, cada vez son más las bodegas que se suman a una corriente de fondo que reclamaba un marco regulatorio propio. Ese paso acaba de darlo la Unión Europea al normalizar los vinos desalcoholizados y parcialmente desalcoholizados. El Reglamento (UE) 2026/471 les otorga por fin un encaje normativo específico, armoniza las menciones “sin alcohol” y “reducido en alcohol”, obliga a identificar los productos obtenidos mediante desalcoholización y abre la puerta al desarrollo de nuevos espumosos dentro de esta categoría. No obstante, voces del sector como la de Mireia Torres, directora de Innovación y Sostenibilidad de Familia Torres, señalan que el marco aún debe evolucionar: “Deberían regularse las prácticas enológicas para que cada categoría pueda desplegar todo su potencial”.
En otras palabras, la administración comunitaria reconoce una realidad que el mercado llevaba tiempo anticipando y asume que el vino con menos alcohol ha dejado de ser una rareza para convertirse en una categoría con vocación de futuro. La Europa del vino empieza así a redefinirse también desde la normativa. Al reconocer y ordenar esta categoría, el organismo supranacional no solo responde a una demanda creciente del mercado, sino que contribuye a legitimar una nueva manera de entender el vino y su consumo en el siglo XXI.
Un mercado que crece en todas direcciones
Los datos de IWSR, consultora de referencia en el análisis del mercado mundial del vino y las bebidas espirituosas, confirman que el fenómeno no es local ni coyuntural. Entre 2019 y 2024, el vino sin alcohol crecía en todos los mercados analizados. España avanzaba a un ritmo del 6% anual, Alemania rondaba el 9% y países como Estados Unidos, Canadá o Japón registraban incrementos de dos dígitos.
La moderación se ha convertido en un nuevo patrón de consumo. El consumidor ya no se mueve entre el todo o nada, sino que alterna bebidas con alcohol, sin alcohol o de baja graduación según el contexto social o gastronómico. Aunque el vino sin alcohol sigue siendo una categoría minoritaria frente a la cerveza 0,0, su crecimiento es constante y empieza a consolidarse como una opción reconocible.
El componente generacional resulta decisivo. Según IWSR, el 60% de los compradores de vino sin alcohol pertenece a la generación Z y a los millennials, porcentaje que alcanza el 73% en Estados Unidos y el 67% en Reino Unido. En España, el consumidor actual es todavía de mayor edad, pero el potencial de crecimiento se concentra claramente entre los jóvenes. De hecho, un estudio de la Universidad de León revela que el 78% de los españoles estaría dispuesto a probar vino sin alcohol, cifra que asciende al 87,5% entre los 18 y los 35 años.
El 0,0 forma parte, además, de una transformación más amplia. El mercado global de bebidas sin alcohol ha crecido al 9% anual entre 2023 y 2026 y el 71% de los consumidores ya conoce iniciativas como Dry January, el movimiento internacional que invita a prescindir del alcohol durante todo el mes de enero. Entre los menores de 35 años se observa una reducción cada vez más estable del consumo de alcohol. Aunque el vino sin alcohol apenas representa en torno al 1% del mercado en países como Francia, los espumosos muestran una especial capacidad de integración en los rituales sociales.
La tecnología también está cambiando lo que entendemos por vino. Técnicas como la Spinning Cone Column o la ósmosis inversa permiten reducir el alcohol preservando buena parte de los aromas y la estructura, desplazando la competencia hacia el terreno sensorial y la calidad organoléptica. A ello se suma un creciente relato ligado al bienestar. Diversas investigaciones apuntan a que algunos beneficios asociados al vino podrían relacionarse con los polifenoles de la uva más que con el alcohol, aunque la evidencia científica sigue en construcción. En esa línea trabaja el proyecto WinAging, de la Universitat Rovira i Virgili, que estudia los efectos del vino tinto sin alcohol y la dieta mediterránea en personas de entre 60 y 74 años.
El cambio se hace especialmente visible en la hostelería. Según Horeca Consulting, el vino sin alcohol fue la categoría saludable con mejor comportamiento en restauración, con un crecimiento del 25% entre 2024 y 2025. El consumidor ya no busca únicamente evitar el alcohol; quiere mantener la experiencia social y gastronomía del vino. Brindar, compartir mesa y acompañar un menú, una tendencia que, según Beatriz Moro, presidenta de Win Bodega, ha encontrado en el “tardeo” y los momentos de consumo diurno su gran aliado para romper prejuicios en el mercado español.

De experimento a inversión industrial
La categoría ha dejado atrás la fase de prueba para consolidarse como una apuesta industrial. La inversión de Familia Torres en Natureo —proyecto iniciado en 2004 para el Grupo Areas y consolidado en 2008—, la expansión de las gamas 0,0 en grupos como Henkell Freixenet o el desarrollo de proyectos específicos como Win y Sonríe, de Bodegas Matarromera, reflejan un cambio de escala. Ya no se trata de lanzamientos aislados, sino de estructuras productivas concebidas para atender a un nuevo segmento de mercado.
En el caso del grupo Matarromera, el origen del proyecto responde a una idea tan sencilla como disruptiva. Beatriz Moro, presidenta de Win Bodega de Vinos sin Alcohol, recuerda que, junto a su padre, Carlos Moro, “nos propusimos el reto de que nadie tuviera que excluirse de una celebración ni conformarse con un refresco”. Una filosofía que conecta con otra de sus convicciones: “los pioneros no esperan a que el mercado esté hecho; lo crean”. Así nació, en 2003, una iniciativa integrada en un proceso continuo de I+D+i.
La lógica de elaboración muestra hasta qué punto la categoría ha dejado de ser un experimento. El proceso parte de un vino base de calidad y continúa con la desalcoholización. Según Moro, “el gran secreto es lograr separar los componentes del vino respetándolo al máximo”. En su caso, la tecnología de columna de conos rotatorios permite extraer de forma secuencial aromas y alcohol con el objetivo de preservar el carácter del vino sin renunciar a su expresión aromática.
Desde Familia Torres, su directora de Innovación y Sostenibilidad, Mireia Torres, sitúa el origen de la apuesta de la compañía en una lectura temprana de los cambios en los hábitos de consumo. “Empezamos en 2004 con un proyecto de investigación y enseguida vimos el enorme potencial”, explica. El trabajo se ha desarrollado desde una aproximación multidisciplinar que integra viñedo, vinificación y tecnología de desalcoholización. “El gran avance ha sido afinar cada fase —selección de variedades, vendimia, vinificación y desalcoholización—”, señala.
El reto sigue siendo compensar la pérdida de alcohol, responsable de parte del volumen y la textura del vino, así como superar una percepción todavía presente entre algunos consumidores, que asocian estos vinos con una menor calidad o una propuesta menos seria. Para mitigar esto, bodegas como Yllera han optado por el uso de tecnología de destilación al vacío partiendo de sus vinos de baja graduación (Yllera 5.5), permitiendo un proceso menos agresivo. Montxo Martínez, su director técnico, explica que, al reformular el producto, “la clave ha sido recuperar los aromas que se extraen en una disolución hidroalcohólica pequeña, permitiendo mantener los aromas naturales aunque el producto final mantenga un 0,5% de alcohol”.
Una industria a dos velocidades
El desarrollo del 0,0 está dibujando una clara dualidad dentro del sector vitivinícola. Por un lado, grandes grupos con capacidad de inversión apuestan por la innovación tecnológica, la internacionalización y la creación de marcas específicas. Por otro, una parte del tejido bodeguero más vinculada a las denominaciones de origen mantiene una posición más cautelosa.
En Bodegas Yllera, su director técnico, Montxo Martínez, explica que el método “que utilizamos es la desalcoholización por destilación al vacío”. La bodega parte de un vino de baja graduación para minimizar el impacto del proceso y, posteriormente, “recuperamos los aromas originales del Yllera 5.5 y los volvemos a incorporar”. El gran desafío, subraya, consiste en reconstruir el equilibrio sensorial sin recurrir a aromas externos que desvirtúen el perfil original del vino.
Por su parte, el presidente de la compañía, Marcos Yllera, define con claridad el posicionamiento del segmento: “por ahora, los vinos sin alcohol son una categoría complementaria al vino tradicional”. En este sentido, añade un matiz sobre el nuevo consumidor: “La decisión de compra no se basa únicamente en el origen, la variedad o la añada, sino también en atributos de salud y funcionalidad”.
En Grandes Vinos, la evolución también ha sido progresiva. “El salto ha sido natural; durante todos estos años hemos estado realizando pruebas con vinos 0,0”, explica su director de marketing, Manuel García. La demanda del mercado ha terminado por consolidar el proyecto industrial, aunque el proceso exige partir de vinos base “jóvenes, frescos y aromáticos” y asumir que los vinos de baja graduación y los desalcoholizados requieren tecnologías distintas, no siempre transferibles entre sí.
Desde Félix Solís Avantis, su director general comercial y de marketing, Félix Solís Ramos, enmarca el fenómeno en una transformación de mayor alcance. “No responde a una moda puntual, sino a una tendencia estructural”. La categoría deja así de definirse por la renuncia para hacerlo por la elección y, en numerosos mercados internacionales, comienza a integrarse como una opción más dentro de los estilos de vida contemporáneos, sin necesidad de compararse constantemente con el vino tradicional.
Tecnología, valor y percepción
El avance tecnológico ha sido decisivo para la consolidación del segmento. Herramientas como la columna de conos rotatorios o la destilación al vacío han permitido mejorar la preservación aromática y elevar la calidad global de los productos desalcoholizados.
Beatriz Moro describe el proceso con precisión. Primero se extraen los aromas, después el alcohol y, finalmente, esos aromas se reintegran al vino ya desalcoholizado. La finalidad es preservar su identidad sensorial y alcanzar un equilibrio entre innovación tecnológica y respeto por el producto original.
Una visión que comparte Félix Solís Ramos cuando afirma que “la calidad del vino sin alcohol empieza mucho antes del proceso de desalcoholización”. La selección de la materia prima resulta determinante, ya que el desafío no consiste en eliminar el carácter del vino, sino en trasladarlo a un formato sin alcohol sin perder personalidad ni coherencia de marca.
Desde Grandes Vinos, Manuel García incide en la misma idea. El propósito, señala, es que los vinos resulten “igual de agradables sin alcohol”, una aspiración que resume buena parte del esfuerzo técnico realizado por el sector durante los últimos años.
El reto del consumidor: del prejuicio a la elección
La percepción del consumidor sigue siendo uno de los grandes desafíos de la categoría. Mireia Torres reconoce que persiste la idea de que el vino sin alcohol es un producto “poco serio”, aunque el perfil del consumidor se ha ampliado y hoy incluye jóvenes, consumidores de mediana edad y aficionados al vino que alternan categorías según el contexto.
Beatriz Moro refuerza esa visión desde otra perspectiva. El vino sin alcohol debe entenderse como “una categoría nueva, con su propia personalidad”. Un mercado que, a su juicio, responde a un cambio estructural y no a un fenómeno coyuntural.
Un mercado en reconfiguración
Europa sigue siendo el principal motor de crecimiento de la categoría, aunque a diferentes velocidades.
En el norte del continente, el consumo de vinos sin alcohol ya forma parte de los hábitos cotidianos, mientras que en los mercados mediterráneos aún convive con cierto escepticismo, si bien atraviesa una fase de profunda transformación, según apunta Mireia Torres.
Beatriz Moro destaca que el mercado internacional, como México, Bélgica, EE.UU., Ucrania, Países Bajos, Polonia, Dinamarca, República Dominicana, China o Singapur, ha sido el gran impulsor de marcas como Win, donde la categoría No-Low está ya totalmente normalizada en lineales y cartas de restaurantes.
Félix Solís Ramos señala que, en numerosos países, estos productos han dejado de interpretarse como sustitutos del vino tradicional para integrarse como una alternativa más dentro de las opciones habituales de elección del consumidor.
El resultado es una categoría que ha superado definitivamente la fase experimental para convertirse en una pieza estructural de la evolución del sector. No sustituye al vino tradicional, pero amplía su territorio, redefine los momentos de consumo y obliga a la industria a replantearse algunos de sus límites históricos.

El vino sin alcohol a concurso
La consolidación del vino sin alcohol ya no se mide únicamente en las bodegas o en las cifras de mercado. También empieza a reflejarse en uno de los espacios más sensibles del ecosistema vitivinícola, los concursos internacionales. Tradicionalmente vinculados al vino convencional y a parámetros clásicos de tipicidad, equilibrio y expresión varietal, los grandes certámenes han comenzado a incorporar categorías específicas para productos desalcoholizados.
No se trata de un gesto anecdótico. El sistema de validación del vino empieza a reconocer que este segmento ha dejado de ser una anomalía técnica para convertirse en una categoría con lenguaje propio. Certámenes como la International Wine & Spirit Competition, el International Wine Challenge o Mundus Vini ya han integrado clases específicas de “no y low alcohol”, con catas a ciegas y criterios de evaluación adaptados.
En este sentido, El Concours Mondial de Bruxelles (CMB) se situó entre los primeros grandes concursos internacionales en abrir espacio a los vinos sin alcohol. Lo hizo cuando la categoría aún ocupaba una posición incipiente en el mercado, adelantándose a una evolución que hoy se ha generalizado en buena parte de los certámenes de referencia.
Cuando el 0,0 entra en la cata
Para Frédéric Galtier, embajador del CMB en España, la evolución de la categoría ha sido tan rápida como reveladora. “Hemos visto crecer de manera muy clara el número de muestras, especialmente en los últimos años, lo que demuestra que ya no se trata de una curiosidad, sino de una verdadera apuesta estratégica por parte de muchas bodegas”. La internacionalización del fenómeno es igualmente significativa: “hoy recibimos vinos de prácticamente todo el mundo”. Pero, sobre todo, se ha producido un salto cualitativo. “Hemos pasado de productos que buscaban existir a vinos que buscan competir”.
La transformación también ha obligado a replantear la propia mirada del jurado. “No están juzgando un vino ‘al que le falta algo’, sino un producto que responde a una lógica diferente”, aclara Galtier. La clave reside en abandonar la comparación permanente con el vino tradicional y evaluar cada referencia desde su propia identidad.
Ese cambio de enfoque se traslada a la metodología de cata. “No se trata de preguntarse ‘¿se parece a un vino tradicional?’, sino ‘¿funciona como vino sin alcohol?’”. La coherencia aromática, el equilibrio entre dulzor y acidez, la sensación en boca y la capacidad de ofrecer una experiencia convincente se convierten así en los nuevos parámetros de evaluación.
Desde el observatorio privilegiado del CMB, Galtier identifica además una fase de clara maduración del segmento. “Cada vez más bodegas desarrollan vinos pensados desde el principio para ser desalcoholizados”, un cambio de paradigma al que se suma la mejora tecnológica y el predominio todavía evidente de blancos y espumosos, aunque los tintos comienzan a mostrar progresos que hace pocos años parecían difíciles de alcanzar.
La conclusión, para el embajador del certamen, no admite demasiadas dudas. “Estamos ante una transformación estructural”. El vino sin alcohol responde a cambios profundos en los hábitos de consumo y abre nuevas ocasiones para el vino. “No sustituye al vino tradicional, sino que lo complementa. Amplía su territorio”.
La incorporación del 0,0 a los grandes concursos internacionales refleja precisamente esa nueva realidad. El vino sin alcohol no representa una ruptura con la cultura del vino, pero sí una ampliación de sus límites. Una transición todavía en construcción, desigual según mercados y velocidades, pero cada vez más integrada en la conversación global del sector.
Las nuevas fronteras del sector
El vino sin alcohol ha dejado de ser un mero experimento para consolidarse como una realidad irreversible y de gran calado estratégico dentro de la industria vitivinícola global. Lo que comenzó como una alternativa de nicho impulsada por restricciones puntuales de consumo, hoy se erige en una categoría autónoma, respaldada por un marco normativo europeo en constante evolución, un notable salto de calidad tecnológica y un cambio estructural en las prioridades de las nuevas generaciones. Al integrarse plenamente en canales clave como la hostelería internacional y recibir el aval formal de los grandes certámenes mundiales, el formato 0,0 demuestra que no busca sustituir la herencia tradicional del sector, sino expandir de manera decisiva sus límites culturales y comerciales, abriendo nuevos momentos de disfrute donde antes el vino no tenía cabida.


