En la España del Siglo de Oro el vino era parte inseparable de la vida cotidiana. Se bebía a todas horas, por hombres, mujeres y niños, y estaba presente en la mesa, en la cocina y hasta en remedios caseros. En el Madrid del siglo XVII, el consumo rondaba los 200 litros por persona al año. Más seguro que el agua, servía para guisos, escabeches y pócimas, y acompañaba el trabajo y la tertulia en tabernas.
Pero muchos de esos vinos eran ásperos y poco refinados, lo que llevó a la práctica generalizada de “adobarlos” añadiendo yeso para dar cuerpo, clara de huevo o leche de almendras para suavizar, y agua de esparto o alumbre para corregir defectos. Algunos añadían azúcar, miel o especias; otros, simplemente agua. Médicos como Gabriel Alonso de Herrera denunciaron los daños de estos vinos adulterados, mientras las autoridades intentaban controlar precios y fraudes.
Frente a estos vinos corrientes, los moscateles y malagueños eran tesoros de fiesta y banquete, celebrados incluso por Quevedo y Lope de Vega, reflejo de una cultura en la que el vino era alimento, símbolo social y metáfora literaria.


