Por Alberto Matos
No es que esté sucediendo de un día para otro, pero casi. Las certezas que hasta ahora sostenían al sector del vino se disuelven a pasos de gigante. El detonante ha sido la caída sostenida del consumo en el mundo a lo largo de los últimos años, pero no es esa ni mucho menos la única causa.
Los expertos llevan años advirtiendo de un incremento acelerado de las temperaturas globales que obligará a replantear los cultivos, también el de la vid. Y eso cuesta dinero. Algunos viticultores llevan ya años apostando por plantar sus viñedos en zonas altas, escalando los Pirineos, los Alpes o los Andes. Otros trabajan para recuperar variedades tradicionales casi perdidas, más resistentes a la sequía, como las identificadas por el Proyecto de Recuperación de Variedades Ancestrales de Familia Torres. Incluso, organismos internacionales como la OIV financian proyectos como From Gene to Glass, concebido para desarrollar nuevos varietales mediante la edición genómica.
El del vino es probablemente uno de los sectores más comprometidos con la sostenibilidad, especialmente en Europa, una de las regiones más reguladas. Y ser sostenibles también cuesta dinero. En el viejo continente, la combinación de diferentes normativas ha conseguido que mover botellas pesadas sea casi prohibitivo para la mayoría de las bodegas. Reducir el gramaje de los envases ya no es una opción, sino una obligación. A ello se suman los impuestos al transporte -responsable de hasta el 40% de la huella de carbono del vino- y las tasas asociadas a la gestión de residuos y emisiones.
El cambio ya se percibe en la calle. En 2026, el peso medio de la botella en Europa ha pasado de 550 a 420 gramos. Las botellas premium de más de 750 gramos prácticamente han desaparecido de los lineales de los supermercados del Viejo Mundo. Grandes grupos como LVMH o Familia Torres han anunciado que sus vinos icono no superarán los 350–400 gramos. Lo que antes era el estándar de un vino de mesa es hoy el sello del denominado lujo consciente.
Los fabricantes de vidrio también se están adaptando. Nuevos procesos de producción permiten ya botellas de alrededor de 300 gramos que mantienen la resistencia necesaria para el apilamiento y, en el caso de los espumosos ligeros, para soportar la presión.
En pruebas piloto desarrolladas en Francia y Cataluña, el reciclaje ha dado un paso hacia adelante. O quizás un paso atrás, según se mire. Allí se han vuelto a reutilizar las botellas, como se hacía antes, en lugar de fundir el vidrio. Incluso se está debatiendo sobre la creación de una Botella Única Europea para reducir costes de lavado. Una posibilidad que muchas bodegas rechazan por temor a perder la singularidad de sus diseños y quedar diferenciadas únicamente por la etiqueta.
Mientras tanto, para los vinos de consumo rápido ganan terreno otras alternativas más ecológicas como la lata de aluminio, cuyas ventas han crecido entre un 15% y un 20% en Europa en los dos últimos años, según la OIV y IWSR. También ganan popularidad las denominadas flat wine bottles, envases planos de PET reciclado que permiten ahorrar hasta un 40% de espacio en el transporte. La sostenibilidad ya no es una opción. Es mandatoria. Y eso cuesta dinero. Al productor y al consumidor. Una inversión necesaria que retornará con beneficios.


