Por Alberto Saldón, director de Marketing en Bodegas LAN, grupo SOGRAPE España
“Mercosur no es una solución, pero sí una opción más dentro de una estrategia de diversificación necesaria”
Los acuerdos comerciales suelen leerse en clave macro, dando cabida a millones de consumidores, porcentajes arancelarios, equilibrios geopolíticos... Sin embargo, su impacto real en el sector del vino rara vez se manifiesta de forma inmediata o uniforme. El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, pendiente aún de completar su recorrido institucional, es un buen ejemplo de ello.
En términos generales, el acuerdo prevé una reducción progresiva de los aranceles y barreras que hoy gravan el vino europeo en mercados como Brasil, Argentina, Uruguay o Paraguay. No se trata de una liberalización instantánea, sino de un proceso gradual que introduce un elemento clave para las bodegas europeas: previsibilidad.
Saber que el marco comercial tenderá a simplificarse permite, al menos, planificar a medio y largo plazo. También conocer que se prevé una mayor presión competitiva con más oferta y diversos costes de producción y marcos regulatorios en el mercado europeo (aunque el vino no es el principal producto afectado).
Para el vino español, el escenario es ambivalente. España cuenta con una posición sólida como productor y exportador, pero su estructura sectorial está muy fragmentada y dominada por pequeñas y medianas bodegas. Para muchas de ellas, Mercosur ha sido tradicionalmente un mercado lejano, complejo y poco accesible, más por barreras económicas y administrativas que por falta de interés.
Pensemos en una pequeña bodega familiar de una denominación de origen del interior peninsular. Produce unas 120.000 botellas al año y concentra su negocio en el mercado nacional, con alguna exportación puntual dentro de Europa. Para esta pyme, países como Brasil nunca han formado parte de su estrategia debido a unos aranceles elevados, unos costes logísticos difíciles de asumir y una percepción de riesgo superior al posible retorno.
Con el acuerdo, nada cambia de forma inmediata para esta bodega. No aparecen pedidos ni se abren mercados de un día para otro. Pero el contexto sí se modifica. Un importador que antes descartaba el vino europeo por precio puede empezar a considerarlo. Una operación pequeña —un primer envío, una referencia concreta— pasa de ser inviable a simplemente posible. Y en el ámbito de la pequeña empresa, esa diferencia es significativa.
Este ejemplo resume bien que el impacto podría ser más acumulativo que disruptivo.
El acuerdo no garantiza ventas, pero reduce fricciones. No construye marcas, pero facilita que puedan construirse. Tampoco elimina los riesgos, aunque sí redefine cuáles son asumibles.
Desde una perspectiva europea, merece atención la protección de las indicaciones geográficas incluida en el acuerdo. Para un sector basado en el origen, el territorio y la diferenciación, este aspecto refuerza uno de los pilares del modelo vitivinícola europeo, especialmente relevante para países como España.
En un contexto de consumo estancado en los mercados tradicionales y creciente competencia global, Mercosur no es una solución, pero sí una opción más dentro de una estrategia de diversificación necesaria. UE–Mercosur no transformará el vino español, pero amplía el espacio en el que puede moverse. Y, como ocurre a menudo en este sector, ese cambio empieza en decisiones pequeñas, tomadas bodega a bodega,
Ninguna conclusión más que la de que es tiempo de pasar a la acción.


